La Vida Moderna —Visitas inesperadas—

Boceto e idea mía, realizada por Gemini

miedo

Definición

Del lat. metus 'temor'.

m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.

Sin.: temor, pavor, espanto, pánico, terror, horror, fobia, aprensión, alarma, susto, mieditis, canguelo, cerote, julepe, culillo, culío, culillera, yuyu.

Ant.: valor, valentía.

m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Sin.: respeto, temor, canillera, chucho, cocora.

Ant.: confianza.

México, D.F., alrededor de 1997 (¿o era 1998?)

Esto es una anécdota real.

Cerré el libro y lo puse en el buró. Suspiré y sonreí; en mi profundo cinismo moderno no pude evitar pensar que alguien pudiera sentir miedo ante un libro tan delicioso. Claro, hay cosas más espantosas y aterradoras en cómics, series de TV… ¡y ni se diga en el cine! Además, Morena aún no existía y todavía faltaba para que el PRD tomara el control del D.F. Apagué la luz, acomodé a la dormilona de Gladys (mi perrita de esa época) y dejé que el sueño me llevara a los deliciosos paisajes oníricos donde pastan los sueños.

¡THUMP!

Entre el sueño y la realidad creí escuchar un golpe en mi puerta.

¡CUAZ!

¡Ah, chinga! Sí, fue otro golpe en la puerta de mi recámara. Como en ese entonces compartía espacio con mi mamá y mi papá (bueno, era al revés: ellos me dejaban estar ahí), se me botaron todas las alertas. Joven como era, me levanté de un salto y abrí la puerta de golpe. Gladys solo levantó la cabeza y la dejó caer de nuevo; amaba dormir bajo las cobijas y con almohadas.

¡FIIIIUMT! ¡ZAS!

A pocos milímetros de mi cara pasó un proyectil (era un zapato) que rebotó en la puerta. Volteé en dirección de la trayectoria y vi a mi papá: desencajado, con los ojos desorbitados, un zapato en la mano izquierda y haciendo la señal de silencio con la derecha. Atrás de él pude ver a mi madre llorando, histérica, balbuceando algo ininteligible. Sentí que había llegado a la mitad de la película y me urgía entender: ¿qué estaba PASANDO?

—¡Cállate! —me dijo mi papá, poniéndome la mano libre en la boca.

—Aquí anda… —dijo mirando hacia la oscuridad del pasillo.

Caí en cuenta de que era de madrugada y el sol distaba de aparecer. Eso, mezclado con los lamentos de mi mamá, la actitud extrema de mi papá y mi absoluto desconocimiento, me hizo pensar por un segundo que estaba soñando.

—Se metió al cuarto de tu hermano… —señaló mi papá—. Vamos a entrar; tú prendes la luz y te fijas bien en todos lados.

Se regresó a su recámara, volvió con una camiseta y a señas me dio instrucciones.

¡Luz, acción, camiseta!

Al prender la luz alcancé a ver un "algo" que se movió reptando a un costado de la cama de mi hermano. En lo que reaccionaba, mi papá lanzó la camiseta y brincó sobre la cama. Me acerqué y él me indicó que me hiciera a un lado, pero yo no quise perderme la revelación. La camisa se movía como poseída; chillidos agudos y exhalaciones de aire muy agresivas salían de entre la tela.

Desde la puerta de la recámara, mi mamá, temblando, preguntó:

—¿Lo encontraron?

Mi papá mostró su preciosa carga y mi mamá dio un paso atrás. Los miré a ambos sin entender nada.

—¿¿QUÉ ES ESOOOO?? ¿¿QUÉ PASOOOOÓ?? ¡¡NO ENTIENDO!!

Mi padre abrió con mucho cuidado los pliegues de la camiseta y lo pude ver. No estaba listo para ello; di un paso atrás y los miré sorprendido. Caminamos a la cocina y lo pusimos en un frasco grande de mermelada (limpio, obviamente).

Mi mamá llamó a una amiga y le explicó la situación. Mi papá le dio la descripción y tomaron una triste decisión. Comprendí el riesgo y sabía que no era fácil, solo les pedí que lo hicieran cuando yo ya no estuviera en casa.

Tres días antes, mientras mi mamá tomaba un baño y mi papá y yo trabajábamos, Gladys comenzó a ladrar y a correr por toda la casa; mi mamá no lo tomó como algo serio. Esa noche comencé a leer un libro que había querido leer toda mi vida y al fin lo tenía entre mi garras…

Dos días antes, Gladys estuvo inquieta, corría de cuarto en cuarto y ladraba desesperada; nadie lo tomó en cuenta. Yo seguí leyendo mi libro de forma obsesiva.

En la noche, cerré el libro y lo puse en el buró. Suspiré y sonreí; en mi profundo cinismo moderno no pude evitar pensar que, en plena vida moderna, alguien pudiera sentir miedo ante un libro tan delicioso.

Durante la madrugada, mi mamá se despertó al sentir algo frío y peludo sobre su hombro (no, no era la mano de mi papá). Lo tocó y gritó al sentir el pequeño cuerpo. La criatura planeó hasta los pies de la cama y ahí la alcanzó a ver acercarse de nuevo, con esa pose tan poco natural que adoptan. Mi papá, medio dormido, alcanzó a verlo y le lanzó una botella de pastillas, lo que lo obligó a volar hacia el pasillo. Fue entonces cuando la lluvia de zapatos golpeó la puerta de mi recámara. Ahí llegué yo.

—No lo tomen a mal —les dije al volver del trabajo—, pero qué bueno que les cayó encima a ustedes.

Me miraron con cara de pocos amigos.

—En serio, ¿cómo creen que me hubiera puesto yo si me caía encima un murciélago, justo cuando acababa de leer Drácula?

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