Aun no despertaba el sol cuando, Ramiro, henchido de devoción comenzó su labor y encendió, una a una, las veladoras que había comprado en el mercado y llevado a bendecir la tarde anterior, la fe de sus ojos parecía responder al brillo ondulante de las pequeñas llamas. Un fuego santo para cada una de las imágenes frente a el. En ese altar improvisado, al centro, regente de la escena, una enorme efigie de yeso de la madre de todos los mexicanos , otra de San Judas Tadeo , San Antonio , San Martín , El Sagrado Corazón de Jesús y muchos santos y vírgenes más de los que no está seguro de saber el nombre y potestades. Todos, todos los que encontró y pasó la noche limpiando de polvo y telarañas lucían como nuevos, como el día que los compró hace tantos años, antes de su boda, pero ya con la prisa de casarse -la razón comenzaba a notarse-. Sonrió pensando que, con sus acciones, hacia un favor a un país entero. Arrodillado frente a las imágenes que exudan fe, escucha los pasos desidiosos ...
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