martes, 23 de agosto de 2016

La Vida (no tan) Moderna -¿Qué quiere la iglesia?-

iglesia
Del lat. tardío ecclesĭa, y este del gr. ἐκκλησία ekklēsía; propiamente 'asamblea'.

Desde sus primeras horas, el séntido y doloroso periplo que llevó al alumbramiento de la iglesia cristiana es de todos conocido, en miles de lecturas, películas y teleseries hemos visto las dificultades que enfrentaban los primeros cristianos en un mundo en el que gobernaba la maldad de los romanos con sus falsos dioses y emperadores degenerados. Nos hemos acostumbrado a ver al Imperio como una sociedad disoluta hasta la saciedad pero enclavada en la absoluta insatisfacción; misma que les llevó a probar todo tipo de placeres, entre ellos disfrutar hasta el cansancio el sano deporte de matar cristianitos en las formas más crueles imaginables, desde a pura cachetada limpia hasta elaboradas coreografías que incluían animales salvajes, desmembramientos, crucifixiones y servir de alumbramiento público. Pero, vamos, seamos honestos, eso no era un honor exclusivo de los cristianos, los romanos disfrutaban la muerte de los otros sin importar filiaciones teológicas, lo mismo ardía un galo, que un picto, que un germano. Efectivamente hubo emperadores que tuvieron una cierta predilección por los cristianos por ser víctimas pasivas frente a la tortura a diferencia de los otros que tendían a ser un tanto rejegos y dignos.

Nuevos descubrimientos han demostrado que los cristianos romanos vivían un tanto cuanto en santa pax romana la mayor parte del tiempo. Las ruinas de Pompeya y Herculano han dado cuenta que para el el 24 de agosto del año 79, había una saludable porción de cristianos en ambas ciudades (y no nada más esclavos y pobres como siempre "nos lo vienen manejando"). 

Por unos cuatrocientos años, los cristianos convivieron con toda clase de dioses y se cree que algunos de ellos no dejaban de ser devotos de otras deidades (entre las que estaban dioses y diosas que después serían degradados a santos y vírgenes gracias a la popularidad y afecto que el pueblo les tenían -y en una de esas, hasta por un "notentumasnovayasiendo"-).Al parecer, tanta oferta de panteones, termino por generar una sociedad dividida por facciones teológicas que, desde sus respectivas asambleas, terminaron por ser fuerzas políticas que desembocaron en una ingobernabilidad de proporciones... er... bíblicas.

Me encanta imaginar la idas y venidas que tuvieron que dar los arquitectos del cristianismo oficial en una lluvia de ideas frente al emperador Constantino que buscaba unir a toda la sociedad romana bajo un sólo estandarte, es evidente por qué eligieron el cristianismo a las otras opciones; los cristianos eran una gran mayoría porque, efectivamente, era la religión de los esclavos y pobres (aunque, no sólo de ellos), eran más ignorantes, supersticiosos, menos cínicos, muy proclives a creer cualquier cosa y, sobre todo, obedientes. Bajo esa premisa, los constructores de la nueva religión oficializada -aun no la única- comenzaron a practicar el muy actual deporte de favorecer a los pobres (sólo porque eran mayoría, no porque les interesaran, igualito que ahora), de esa forma podían evitar que estos se aliaran con invasores (cosa muy común por esas fechas) y manipularlos desde sus dogmas de "buenitud y entregamiento".

Digamos que la iglesia romana nació corrupta, ávida de control y poder, por muchos siglos logró cumplir con ambas metas al hacer de Europa y el resto del mundo conocido (y conquistado) un lugar teocrático a pesar de, aparentemente, estar gobernado por reyes, por eso en su soberbia le dio por utilizar la palabra "católica" entre sus títulos, presumiendo el triunfo de ese dogma sobre todas las naciones del planeta. No conformes con gobernar sobre los reyes, la iglesia siempre estaba pendiente de tres cosas: que no se dudara de la existencia de dios, que no se vieran afectados los intereses y posesiones de la iglesia y, finalmente, que la ignorancia y la sabiduría estuvieran repartidas de forma desigual para mantener el poder en una especie de equilibrio desbalanceado (a mayor cantidad de ignorantes, menor cantidad de gente con conocimientos, mismos que sólo podían ser adquiridos en lugares sancionados por la propia iglesia). Una vez que se logró mantener la hegemonía, la iglesia se volcó sobre lo único que parecía ingobernable, la intimidad. Era sabido por todos que los antiguos dioses celebraban el gozo y la fertilidad, divinas acciones que afortunadamente suelen ir de la mano. Entre vino, comida y festejos, la sexualidad se manifestaba abiertamente (decía Michel Foucault "los cuerpos se pavoneaban" en su Historia de la sexualidad) y eran pocos los límites para el placer. Y ahí, en ese placer, fue en donde la iglesia aposento sus reales. El último y verdadero triunfo de la casa del dogma fue entrar, no sólo en las habitaciones, sino en las mentes y los cuerpos de su feligresía, imponiendo leyes para ir a la cama, leyes para detener el cuerpo, para hacer del gozo un sufrimiento y de la sexualidad un demonio. Dios no quiere placer, dios no quiere gozo, dios quiere mortificación y sufrimiento, ahí entra la imagen del cristo crucificado que debe estar presente en todo templo, agonizante, sangrando, lacerado y fracturado; ese hombre-dios que fue martirizado por los pecados de todos; perversa imagen sensualmente dolorosa que sustituye al cristo triunfante en los cielos, rodeado de ángeles y mártires gozosos de antaño. Se impone también la imagen de la llorosa madre, muerta de angustia, cubierta de velos de pies a cabeza, opacando la desnudez de su hijo. ¿Cómo pensar en el placer frente a tanto dolor? Cómo coger a gusto viendo llagas y lágrimas, sangre y manos implorantes (obvio si hay forma pero es una de las catalogadas como perversiones -que no es malo ser perverso, eh? Nomás que haya consenso-), entonces hay que penetrar, salir y rezar por fecundar. Para que haya hijos suficientes para llenar los cielos de cristianos que canten alabanzas y no duden de la presencia de dios en sus vidas.

Quien tapa los ojos, tarde o temprano, se cansa y baja las manos, tampoco puede evitar que sucedan cosas a su alrededor y a la iglesia le ha ido pasando exactamente lo mismo, después de casi mil años de dominio, la humanidad avanzó, con o sin su permiso. El Renacimiento trajo nuevas ideas, descubrimientos que atentaron contra la infalibilidad de dios y sus representantes; la ciencia empujó y salió avante a pesar de las protestas, encarcelamientos y asesinatos de los librepensadores por parte de los piadosos hombres de fe. Conforme el mundo se ha ido reduciendo en misterios, la ciencia le ha comido el terreno al dogma, a la superstición, la iglesia no ha tenido opción que doblar las manos frente a las evidencias acostumbrándose a la continua genuflexión frente a los resultados cada vez más sorprendentes de la inteligencia de los seres humanos sin intervención del famoso dios que, supuestamente los guía. Por supuesto no pierde momento para decir que todo es obra de dios y no deja de tener poder sobre las mentes débiles, aun acude a la culpa para controlar a los que aun esperan ver a cristo bajar del cielo.

Cristo y su madre dolorosa cada vez están más lejos de los lechos ardientes de los hombres y mujeres que se entregan al gozo, al placer de no tener que procrear para coger con ganas. Esa expulsión anuncia un, no muy lejano, día en que ambos quedarán fuera de los hogares, limitados a los templos de adoración de los que aun se sientan compelidos a pensar que hay seres superiores. La iglesia está adolorida, herida, aunque no de muerte; la iglesia quiere volver; quiere, igual que televisa y tvazteca, resurgir sin cambiar, quieren el placer de sentir la adoración, el servicio del culto, que en los últimos cien años se ha visto tan disminuido en casi todo el mundo. Por eso la iglesia romana cuenta con las iglesias latinoamericanas, la ignorancia y superstición de los pueblos para hacer un último intento por salvar a su dios de las garras de la modernidad que lo corroe. 

La iglesia quiere volver a controlar, a mandar, la iglesia se hace la mustia con sus peroratas de salvar almas cuando lo que desea más que nunca es poder, el poder que les daba ese dios que les ha fallado desde hace más de quinientos años. Quiere volver a estar dentro de las camas de los gozosos, quiere detener el avance del placer, quiere ver al mundo de hinojos, sufriendo, aterido ante la realidad y suplicando por la vida del mundo futuro. Quiere evitar, a toda costa, que el placer homosexual se legalice más allá del permiso a coger sin ser juzgados, quiere evitar por todos los medios que el matrimonio entre iguales se vuelva cotidiano, no quiere ver mujeres gozando juntas, ni hombres tomados de la mano, mucho menos quiere que esas parejas puedan, si quieren, sacar a los niños del dolor de la soledad. No quieren que el mundo se vuelva un lugar de placer, no quieren perder la oportunidad de torturar a las almas en vida con la posibilidad de un infierno tras la muerte, no quieren dejar al mundo sin el dolor que, según ellos, es el camino a dios y su reino entre las nubes.

La verdad es que las autoridades eclesiásticas no quieren que exista el gozo, la alegría y la sabiduría, no para todos, porque esos son los clavos que su dios más teme, ya que entre mayor es la libertad y el conocimiento de los humanos, más cerca está la última hora de dios y de su iglesia.

martes, 16 de agosto de 2016

Proclivencia propensante tendenciosa

Nací una tarde tormentosa, esa siempre ha sido la anécdota, "justo en el momento en que naciste empezó una tormentón tremendo y ya que me subieron al cuarto llegó la mamá del doctor a decirme que ibas a tener mucha suerte porque habías nacido en plena tormenta", me cuenta mi madre y ambos nos reímos mucho. A continuación verán por qué.

Habían pasado pocos meses de mi nacimiento cuando mi mamá, armada con sus tres chilpayates, decidió darle un aventón a la chica que la ayudaba en casa, ahí vamos todos en el vochito por una vereda en medio de una lluvia torrencial y ¡zas! ahí va a dar el coche a una barranca; afortunadamente fue cerca del lugar donde Carmela vivía y tras algunos alaridos de angustia sus vecinos nos ayudaron a salir del auto que se llenaba de cascadas de lodo (aunque muchos no lo crean, recuerdo el momento en el que me sacaron y siento la lluvia en mi cara y es algo que hasta la fecha disfruto con una intensidad absoluta).

Un año más adelante, con mis piernas temblorosas, aprendí a bajar las escaleras de la casa, mano pegada a la pared, baja lentamente, siempre impactado por la lampara en el cubo de la escalera, de cristal anaranjado y lleno de burbujas (muy en boga en los 60), no era una tarea difícil para un niño de un año y meses, pero... agreguemos una pelota más grande que el chamaco. Nunca solté la pelota, no sé si eso fue bueno o malo, pero cada escalón machacó diferentes partes de mi cuerpo antes de llegar a la planta baja y dar contra la pared frente al primer escalón, lugar exacto en el que azotó mi cabeza. La sensación de girar y el dolor no fueron nada agradables. Obvio, le tuve mucho respeto a la escalera por un tiempo. Pocos meses después, jugaba con unas canicas junto a Carmela que planchaba ropa y en un descuido de esta, la canica rodó bajo el burro de planchar y yo, pequeño bestia que siempre he sido, fui por ella y sin miramientos empujé el burro y la plancha cayó golpeándome media cara, fue muy rápido, por eso fue más la inflamación del golpe que lo que pudo ser la quemadura y claro, el pinche susto que no se me quitó nunca (aprendí?, no, ya verán).

Contando con dos años, una vecina, muy amablemente se apuntó para llevarnos a mi madre y a mí a algún evento y yo, como siempre (y aun hasta la fecha) me aposté en el asiento trasero y me pusé de pie apoyado en el respaldo del asiento delantero (complejo de perro en auto le llamo yo), en algún momento un conductor se pasó el alto y los reflejos de la buena samaritana nos salvaron a los tres de terminar hechos pomada entre fierros retorcidos, pero no evitó que yo saliera volando y me estrellara bajo el tablero del auto, justo contra una abrazadera de metal en la que se suponía debía ir el "autoestereo" y quedara como pez en anzuelo. Siempre me han preguntado si nací con labio leporino, no, me corté la boca con esa abrazadera y me remendaron con un buen fruncido visible (18 años después me rehicieron la cicatriz para disminuirla un poco). Ni bien había salido de la convalecencia cuando un personaje de mi familia me arrebató su bolsa de cubos de madera y ¡cuás! Descalabrado.

Ya podrán imaginarse el vía crucis que fue aprender a andar en bicicleta, patinar, nadar, jugar cualquier cosa que incluyera pelotas, balones, raquetas, bates y moverse al mismo tiempo.

A los seis años decidí sorprender a mi madre y planchar mi pantalón yo solo. Saldo, una quemadura en el brazo, un pantalón inservible, una plancha hirviendo arrojada a un cesto de juguetes y un regaño magno. No fueron diferentes mis incursiones a la cocina, mis primeras luces de bengala, palomas, brujitas, "cuetes" en general y no olvidemos mis intentos de confeccionar manualidades usando tijeras, tela, papel, pegamento e hilo.

Un día antes de mi séptimo cumpleaños, con mi estado zen acostumbrado de las mañanas, sin pensar en las angustias que significan ir a dejar a cuatro hijos a tres diferentes colegios, fui ayudado a vestirme y... pero para no hacer el cuento largo y no entrar en detalles morbosos, digamos que el saldo fue un Víctor kosher y un cumpleaños en el hospital.

Ventanas rotas a codazos, con la rodilla o las manos por accidente, caídas de bicicleta que resultaron en golpes en lugares imposibles, quemaduras por motor de motocicleta, un golpe de pelota de beisbol en plena ceja que me dejó un ojo de cotorro marinero por meses, dedos torcidos por balones de voley, un poder mutante que me permite encontrar las agujas y alfileres perdidos, ya sea con un pie, mano o nalga y caídas, siempre caídas espectaculares en los momentos menos oportunos. Así fue la adolescencia.

La edad adulta no varió mucho. Mano izquierda machacada por un garrafón de agua de cristal y mi sublime idea de detener su caída; misma mano prensada entre un baúl de madera y el filo de un escalón y la subsecuente rodada de escalones. Un verdadero derroche de talento fue el revolcón que me di en la esquina de Cuauhtémoc y Doctor Márquez hace diez años que, no sólo caí de bruces, sino que quedé a una nada de ser atropellado por un camión impaciente, esa vez, la misma mano izquierda, tan acostumbrada al maltrato quedó idéntica a la de Mickey Mouse, pero sin guante y tardé algunos años (y kilos) en enterarme que también me fracturé una costilla.

Corte al presente, este año he padecido más accidentes por centímetro cúbico que en cualquier otro año de mi vida, siendo el más reciente un tropezón con un bodoque de cemento (de esas extrañas firmas que dejan siempre después de una construcción) y me obligo a descender de pura cara al suelo, con la suerte de alcanzar a meter las manos y los codos y las rodillas antes de terminar cual ancho, largo y grueso soy en un asqueroso charco de esos que se forman cerca de los puestos de tortas y... AGHHHHH! En fin, antes de levantarme por completo me resbalé y caí de nuevo.

Yo no sé ustedes, pero yo ya quiero que termine el año para despejar la incógnita, ¿sobreviviré?

Luego lo pienso y me dan ganas de preguntarle a la mujer que le dijo a mi madre que el momento de mi nacimiento anunciaba mucha suerte (claro que es una tarea imposible, si ya hasta su hijo murió de viejo), ¿a qué clase de suerte se refería? Obviamente me he respondido solo, y ustedes podrían hacerlo conmigo después de estas confesiones; no sólo soy proclive a accidentarme, sino propenso a sufrir todo tipo de desaguisados y muy tendente a terminar, mínimo raspado. Supongo que estarán de acuerdo que si aun puedo sentarme a escribir estas líneas, efectivamente, no tengo mucha suerte, sino MUCHA SUERTE.

lunes, 1 de agosto de 2016

La Vida Moderna -El sacrosanto matrimonio-

Previo a la ascensión del cristianismo a la cúspide de las religiones, había muchas más que, de la misma forma o de otras más cínicas o más veladas, traficaban con las necesidades de los individuos. El Imperio Romano contaba con un extenso catálogo de religiones que aumentaba con el paso de las conquistas y las anexiones de territorios. Cada religión traía un poco de lo mismo y un mucho de diferencias, lo cual no dejaba de fascinar a los romanos -tan aburridos que nos los pintan en sus triclinia, ávidos por conocer cosas nuevas- y que muchos probaron diferentes sabores religiosos.

De entre todas esas religiones la única mal vista era el judaísmo porque no se prestaba a aceptar a otros dioses, porque hablaba de sacrificio, mortificación y hartas cosas que a los romanos les parecían horribles y entre esas la mala pinche costumbre de ver los amores entre iguales como algo malo. Generalmente la mayoría de religiones se preocupaban más porque no se comieran unos a otros y no porque no se acostaran los unos con los otros. Un patricio romano no podía dar las nalgas (so pena de ser exhibido, esclavizado y perder todos sus bienes), pero sí recibir todas las que le fueran ofrecidas, o sea, en corto, el pater familia tenía que ser activo. Mientras que Grecia y Esparta tenían visiones diferentes; en la primera podían darse entre un hombre mayor y un imberbe, generalmente un aprendiz o asistente y debían terminar ante el asomo de la virilidad del chavito y no era nada bien visto las relaciones entre pares adultos; mientras que en Esparta (contrario a lo que el mocho de Frank Miller pueda decir en su novela gráfica de 300), las relaciones entre pares no eran nada mal vistas; aunque el matrimonio era una obligación patriótica y debía producir hijos, con quien te acostaras mientras tanto, no era motivo de crítica. Hacia el Atlántico las cosas se ponían menos tensas y, los galos, pictos, celtas y demás habitantes de aquellos lares no tienían objeción alguna en disfrutar la sexualidad sin limitaciones (bueh, la consabida "mínimo deja un hijo pa'la patria"), pero no era tan forzosa ni eran mal vistos los hombres que preferían vivir con otros hombres ni si daban o recibían, incluso existían, según algunos historiadores de la época, ejércitos de guerreros que vivían en parejas de iguales, asegurando que no habría mayor lealtad que la de grupos de mercenarios que se amaban entre ellos (me preocuparía más la idea de que fueran mercenarios y no de que se amaran entre ellos). Más arriba, en los gélidos parajes del bacalao, los vikingos no aceptaban de buen agrado la homosexualidad pasiva, por un poco de desconfianza, si das hasta las nalgas qué no entregarás? Al igual que los romanos, era mejor coger que ser cogido. En general, los europeos, parecían disfrutar bastante de sus vidas y de sus cuerpos, sin andar mortificándose mucho más allá del "que no nos falten chamacos pa´las guerras" y, como dicen algunos papás actuales, "nomás procura que no se te note mucho". Los mejores ejemplos de amor entre hombres nos los otorgaron Alejandro Magno y Hefestión y el Emperador Adriano y Antínoo.

Pero bueno, regresemos al triste caso del cristianismo. Supongo que saben que el famoso "matrimonio" no era lo que es ahora, verdad? No crean que Roma se hizo cristiana y empezaron las amonestaciones y la industria del velo blanco. Nada de eso, en realidad, la nueva y flamante religión cristiana, en sus primeros SIGLOS estaba más preocupada por cosas políticas y territoriales antes que el andar metiéndose en las camas de los demás. Primero había que acabar con las religiones paganas (de campo, aquellas que adoraban la naturaleza y la fertilidad) no sin antes decidir qué cosas de las más arraigadas tenían que prevalecer qué dioses y diosas se volverían santos y vírgenes, qué fiestas respetar y cuales ignorar fervientemente por lo que la evangelización no debía dejar dudas, si bien importaba poco que no entendieran, bastaba que la población repitiera como perico pasajes de la vida del cristo y de los santos; asegurar la permanencia del cristianismo y del imperio, de sus territorios, evitar las luchas intestinas por poder, sólo era importante que hubiera un cristiano como emperador.

Contrario a lo que las creencias populares juran saber, la vida de los comunes, antes del Siglo XI, no era necesariamente ese hórrido drama de seres compungidos y apachurrados ante las exigencias morales, el habitante común tenía mucha libertad para darle un giro a las limitaciones de la santa madre iglesia ya que esta estaba más preocupada por evitar que la clase en el poder se les fuera de las manos que andar preocupándose por el peladaje (aunque los nobles se daban sus mañas tenían que pagar caro por las indulgencias); por eso no era raro encontrarse sacerdotes, en los villorrios, cómplices de correrías de los habitantes, además de ser hombres casados y padres de familia pues aun no se aplicaba el celibato. El matrimonio, lejos de ser una institución, era un remanente del pasado romano en el que bastaba con decir acepto para estar casados, no había parafernalia, documentos o registros, bastaba ser mayor de doce años (mujer) o de 13 (hombre), no se requería ni siquiera la bendición de un sacerdote.

Fue hasta el Siglo XIII que el matrimonio comenzó a ser el camino obligatorio al cielo por ser un sacramento. Lejos de las ideas piadosas y de entrega religiosa, los sacramentos fueron, y son, una forma de cobrar al pueblo por la aplicación de ideas que no se habían considerado en ningún lado. La feligresía, preocupada por perder la entrada al cielo, no cuestionó estas reformas. Como tampoco se pregunta por qué los judíos no comen cerdo y los cristianos si, porque hay órdenes divinas de alejar a la mujer menstruando que el cristiano no observa... Por qué, si de la misma fuente de prohibiciones que se obvian, sólo la de tener contacto entre iguales se conserva.


Desde luego que la iglesia va a pelear por la exclusividad del matrimonio, no sólo porque lo tiene catalogado como sacramento, no quiere permitir que venga ninguna ley a arrebatárselo, va a impedir que sea otorgado libremente; una, porque de ser así perderían una de las pocas cosas de las que se ufanan estos "santos" señores y que es el hecho de estar en contacto con el Big Boss, saber que piensa, cómo administra castigos y, que a través de las manitas de estos ángeles humanos él mismo bendice las uniones o sea que, aparte de evitar que se abarate frente a la sociedad, ellos luchan estoicamente por salvar las almas hasta de los que no quieren ser salvados (histeria) y dos, porque al otorgarse todos los derechos a todos los ciudadanos se descubrirá, una vez más, que el concepto dios ya no tiene cabida en la actualidad (muchos aseguran que el camino actual ya no es la religiosidad, sino la espiritualidad -ahí cada quien puede dar sus versiones diferentes al respecto; yo prefiero la vieja forma de ateísmo y santo remedio). Casarse, matrimoniarse, hacer legal el coito, sigue y seguirá siendo un mero trámite, una forma social que poco tiene que ver con el amor, la familia, la procreación o la religión, visiones impuestas por jueces, poetas, sacerdotes y locos.

martes, 17 de mayo de 2016

La Vida Moderna -del gusto-

gusto
Del lat. gustus.
1. m. Sentido corporal con el que se perciben sustancias químicas disueltas, como las de los alimentos.
2. m. Sabor que tienen las cosas.
3. m. Placer o deleite que se experimenta con algún motivo, o se recibe de cualquier cosa.
4. m. Propia voluntad, determinación o arbitrio.
5. m. Facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo. Diego tiene buen gusto.
6. m. Buen gusto (‖ facultad de sentir). Vicente tiene gusto, o es hombre de gusto.
7. m. Cualidad, forma o manera que hace bello o feo algo. Obra, traje de buen gusto. Adorno de mal gusto.
8. m. Buen gusto (‖ cualidad). Traje de gusto.
9. m. Manera de sentirse o ejecutarse la obra artística o literaria en país o tiempo determinado. El gusto griego, francés. El gusto moderno, antiguo.
10. m. Manera de apreciar las cosas cada persona. Los hombres tienen gustos diferentes.
11. m. Capricho, antojo, diversión.
12. m. Afición o inclinación por algo.

No me gustan los productos marinos.

Nada, así, simple y llano, pescados, moluscos, mariscos y demás sabrosuras que la gente normal disfruta con singular alegría.

El hecho de que exista algo tan común que no sea de mi agrado me hace blanco continuo de preguntas y aseveraciones que van desde un “¿ya los has probado?” (no, he pasado 48 años escondido en una cueva en medio del desierto) hasta “¡seguro no te los preparaban bien!” (he esperado toda mi vida a que llegues con tus recetas y me hagas el milagro) Obvio, no están ustedes para saberlo, pero cada cosita que ha salido del mar la he probado, en una cantidad de versiones que no se pueden contabilizar, malas, buenas o mejores, en la playa, recien pescadas, congeladas, en mercados, restaurantes especializados, con todo el amor de padre o madre, de amigos, de pareja... No importa; el resultado siempre ha sido el mismo: vómito.

Aclaro, no me gustan, pero eso no significa que les tenga miedo o que los odie. Pude llegar a hartarme de la gente que me exigía que los comiera, pude cansarme de la continua perorata de todas las bondades nutricionales que continen, en fin, la única forma que disfruto a los seres marinos es en el mar, en un acuario o en un tanque en casa, ver sus diseños y sus burbujeos y movimientos sinuosos, casi sensuales.Debo admitir que me encantan, vivos.

No ha habido ser humano que consiga hacer me disfrutar de la cocina marina, ¿saben por qué? Porque nadie, en lo absoluto me puede obligar a que algo me guste. Pueden obligarme a probarlo -y no es porque tengan derecho, sino por imposición, por ejercicio de un poder otorgado por mí- pero eso no significa que podrán dominar mi gusto. Desde luego que respeto absolutamente a quienes los pescan , los preparan y a quienes los comen, ¿por qué habría yo de temerles u odiarlos? A mí me queda clara una cosa, el diferente soy yo. Supongo que no soy el único, habrá muchos como yo y otros, aquellos que los amen pero se intoxiquen, eso debe ser mucho peor.

Sin embargo, hay algo que me encanta y es comer galletas Ritz con jugo de uva. Si, ya puedo imaginar sus caras de asco y, de verdad, lo siento mucho pero no me importa; les molesta, no me vean. Ah! Tambien amo con locura pasional los tacos dorados de pollo, pero solos, recién sacados del refrigerador, así sin lechuga, sin crema, tal vez salsa, pero los devoro fríos. Un manjar para mí. Puedo imaginar que se quedaron ateridos del shock, pero eso no creo que les pueda hacer temerme u odiarme. O sí?

Supongo que habrá gente que me permita comer con ellos y hagan burla cuando me vean sacar mis tacos dorados del refri y me los empaque como troglodita o se volteen para otro lado cuando empiece a ver tv con mi paquete de galletas y mi jugo de uva; nunca les obligaría a probar lo que a mí me gusta; ofrecerles, sí, pero nada más. El gusto es complicado, hay quienes no comen pechuga de pavo a menos que no sea de X marca o con determinado pan; el gusto nos complica la existencia, el bolsillo y la convivencia. Sin embargo, nunca me niego la oportunidad de poder comer con gente que come cosas que no me gustan, la reciprocidad siempre es bienvenida.

Gustar es un verbo que comienza a quedar en desuso, ahora es más práctico decir “odio”. Los niños y adolescentes odian con facilidad, porque son emoción sin rienda, no es difícil escuchar a niños pelear y gritarse “te odio” para verlos jugar juntos más tarde y diciendo que son los mejores amigos; los adolescentes odian ciertas clases, a ciertas personas y muchas otras cosas, música, deportes, parientes, películas, etc., es algo muy natural, claro, hasta que aparece el amor de sus vidas y aprenden a amar muchas de las cosas que odiaban sólo porque su amor las disfruta. Así se aprende a darle un poco de significado a ciertas palabras y, por lo menos en épocas antiguas -cosa de 10, 20 años-, ayudaba a un proceso de madurez en la que el joven adulto aprendía a conocer y reconocer dentro de sí un universo de gustos y placeres que no sabía que existían, también le permitía empezar a convivir con las cosas y personas que no le gustaban y guardar el odio para cosas mucho más relevantes.

Los adolecentes en plenitud (30-40 años), salen del cine y “odian” la película, salen del café y “odian” ir a ese lugar, “odian” su trabajo, el tráfico, su sueldo, su estúpido celular y su vida en general. Es muy raro encontrar un adolescente en plenitud que disfrute algo. Es curioso, como en este mundo en el que se habla de tolerancia, respeto e igualdad, una de las palabras más usada sea “odio” y que sus promotores sean los mismos luchadores que buscan hacer del mundo un lugar mejor... sin odios. Sin embargo, en un día como hoy, 17 de mayo, el odio se vuelve más malo, más despreciable y mucho muy confuso.

Si bien la homofobia, por raíz y origen, tendría que referirse más al miedo irracional a la homosexualidad, se entiende o se vende como ”el odio a los homosexuales”, cosas distintas pero es común que la gente crea que odio y miedo es lo mismo. En estas fechas se habla de la “homofobia interiorizada” que, desafortunadamente, confunde el gusto personal con el famoso discurso de odio -recuerden que aquí el odio no es cool, es lo que debe ser- heteronormado, patriarcal y falócrata que nos exige no aceptar ciertas posturas de la comunidad. Entonces lejos de fomentar el respeto, la tolerancia y aceptación en un ambiente diverso, coarta, circunscribe al ghetto. Decir que no te gustan las personas homosexuales con determinadas características (hombres femeninos o mujeres muy masculinas) te hacen aparecer como el mismísmo demonio, de inmediato la Corte Celestial de la comunidad LGTBTTTTQXYZ baja de su nicho y te señala con su dedo flamígero y te acusa de ser homofóbico interiorizado por externar tu gusto (con el mismo dedo que permanece impasible cuando se desprecia a los muy flacos, a los muy gordos, a los muy calvos, a los muy peludos, a los muy lampiños... a los muy algo), al parecer estamos obligados a tener que domar el gusto y disfrutar de lo que no nos gusta; pero no, finalmente es un craso error pensar que uno no puede decidir con quién se va a la cama. Es, exactamente el mismo ejercicio que hacemos con la comida, la ropa, la música, el chingao color de la pared, etc. y nadie puede obligarnos a cambiar nuestro gusto sólo por el placer de complacer a los demás. No es esa la lucha de todos, el ser aceptados tal como somos? Aceptado, no amado, no querido, respetado, tolerado... y quién sabe, a lo mejor un día convences a alguien y le empiezas a gustar tal como eres (aunque comas sardinas con miel).

Siempre he pensado que es mejor un rechazo abierto que una aceptación a medias; el odio no va a desaparecer de la faz de la Tierra hasta que el último humano expire, no debemos acostumbrarnos a el, pero debemos saber reconocerlo, señalarlo y tener la capacidad de retomarlo, cambiarlo por algo mucho más positivo y creativo. Nos enardece este día, nos llena de orgullo y esperanza, pero nos agredimos por nimiedades y discutimos por conceptos malentendidos. Exigimos un respeto que no sé si seremos capaces de darlo recíprocamente el día que, como mayoría que seremos, nos pidan que luchemos contra la heterofobia.

jueves, 28 de abril de 2016

La Vida Moderna -Más de lo mismo-

...y aunque el ser histérico tiene sus ventajas en ciertas profesiones, es un grave problema en las cuestiones sociales porque más que ayudar, limita.

Los clásicos superhéroes de historietas son histéricos, ya sea el Hombre-Araña o la Mujer Maravilla, se olvidan de si mismos para ayudar/salvar a los demás; en cambio, la típica tía quedada/el tío divorciado/el abuelo desocupado/la viuda, personajes que se la pasan metiendo la nariz en la vida de los demás para olvidar su triste existencia, también son histéricos, aunque mal encausados y siempre dirán que hicieron X o Y por ayudar/salvar a los demás y en realidad sólo logran complicar y causar conflictos porque si no, tendrían que enfrentar su soledad y terminarían muriendo de algo que leyeron en una revista o vieron en la TV.

Lo ideal sería que cada quien aprendiera a conocer sus límites en cuanto a resistencias, trabajarlos y, en algunos casos, expresarlos, sin pedir que se tomen como la medida universal para obligar a los demás a temer lo que ellos temen o enojarse por lo que a ellos enoja. Evitar que se vuelva una especie de saber que puede ayudar/salvar a los demás desde un, muy poco objetivo, punto de vista.
Crear comités histéricos que decidan que puede/debe ofender a los otros es un grave error cada vez más común en la sociedad (grupos de blancos que deciden que ofende a otras etnias, heterosexuales por causas homosexuales que deciden leyes sin comprender que es lo que en realidad puede necesitar la comunidad LGTTTTBQWYXZ, grupos religiosos que, desde sus bases dogmáticas, deciden que pueden leer o aprender los que no pertenecen a su grey, por citar algunos ejemplos demasiado cotidianos).

De todas las acciones humanas que cada día se ven más limitadas, agredidas y malentendidas, la comedia debe quedar fuera, debe volverse inmune; los chistes (que se han vuelto blanco de los etiquetadores profesionales), la sátira, el humor en general, ya son de las muy pocas cosas que los humanos podemos usar para somatizar la realidad; tratar de ponerle un alto a la capacidad de ridiculizar, de detenerla o satanizarla es demostrar la poca inteligencia con la que se manejan los grupos de autoelegidos que buscan, por sobre todas las cosas, evitarles dolores, fatigas y sufrimientos a las mentes y corazones ajenos, desde tabulador propio que refleja sus miedos y rencores, para esas mentes estúpidas que no saben reconocer lo que les ofende, lo que debe indignarlos, lo que debe angustiarlos, por eso, desde lo más profundo de su evasión, nos llega la nueva censura, el nuevo tribunal del santo oficio, la moral fresca, esa diabólica invención de las mentes histéricas... La corrección política.

No tiene mucho tiempo que, en la oficina, llegamos a estar trabajando tres gordos, dos hombres y una mujer. Sin recato alguno yo decía que éramos la maquinaria pesada del equipo y hacía chistes continuamente en relación a nuestra amplitud territorial. Un día una compañera (delgada) me llamó la atención y muy molesta me hizo ver que estaba siendo un majadero porque parecía que no me daba cuenta de que los gordos son más sensibles y que es una falta de respeto dirigirme a los gordos así.

¿¿¿¿????

Yo soy gordo...

miércoles, 16 de marzo de 2016

La Vida Moderna -La solidaridad en tiempos de contingencia-

estupidez

De estúpido y –ez
1. f. Torpeza notable en comprender las cosas.
2. F. Dicho o hecho propio de un estúpido.

Nada  mejor  para   sacar   lo   peor de   las   personas   que   una   emergencia.   Sí,   siempre  tenemos el   recuerdo   de   aquel   terrible   terremoto   del   85   después   del   cual   los  habitantes   del,   entonces,   Distrito   Federal   nos   colgamos   mil   medallas   al   mérito  solidario   y   nos   autoconsideramos   el   pueblo   más   unido   del   mundo,   cosa   que   reforzó   la  siguiente   gran   tragedia   que   fue   el   Mundial   México   86.   Esa  palabra  que  Lech  Walesa  logró   llevar   a   la   cúspide   de   la   atención   mundial   al   llamar   así   al   primer   sindicato   libre  del   bloque   del   Este,   cuando   el   mundo   estaba   dividido   entre   buenos   y   malos  (afortunadamente   desde   entonces   ya   todos   somos   malos   y   no   hay   que   andar   con  pendejadas).  Esa   bella   palabra   que   lleva   intrínseca   la   idea   de   unidad   ante   una   empresa  común  –si   bien   no es  el   apoyo  a  los  que  menos  tienen,  a  ver   cuando  entienden  los  políticos   y averiguan  lo  que  significa  una  palabra  antes   de   secuestrarla   para   sus  programas   chafas-‐,     esa   palabra   que  parece  decir  “si  te  daña,  nos  daña   a   todos”   o  “tu lucha   es   nuestra   lucha”   y   demás   cursilerías   que,   gracias   a   las   redes   sociales,   a   los  partidos   políticos,   a   la   publicidad   y   a   los   movimientos   ciudadanos,   se   han   vuelto   más  manoseadas  y  baratas  que  algunas  “mercancías” del  Mercado  de  la  Merced.

Resulta   que   en   un   momento  coyuntural,   como   lo   es una   contingencia   ambiental en   una  mega  ciudad   como  la  de  México,   el   rencor   por   ser   castigado   en   lo   más   profundo   de   los  pitochico   (no   sé   que   metáfora  aplicaría  para   las   mujeres   en   este   caso   pocachiche?  Pocanalga?)   que   es   el   uso   del   automóvil   particular, palabras   como   solidaridad,   apoyo,  comprensión,   lógica,   inteligencia   y   algunas   otras   más   son   las   primeras   en   ser  desechadas   del   vocabulario   y   del   proceder de   los   afectados.   De   inmediato,   cualquier  Chencho   o  Chencha  se  consideran      atacados   personalmente   y,   después   de   desgarrarse  las   vestiduras,  de   cubrir   su cabeza  con  ceniza   –o  bien,  partículas  suspendidas  totales-‐  y   lamentar   semejante   tragedia   por   todos   los   medios   se   aprestan   a   lanzar   veneno  disfrazado   de   ideas   geniales   para   mejorar   la   calidad   del   aire   de   la   Ciudad   de   México, obvio,  sin  que  les  afecte  en  el   uso  de  la   extensión   más   importante   de   sus   cuerpos:   el  automóvil.

En  plena  convulsión  ante  la  noticia   la   primera   gran   idea   es   “por   qué   no   sacan de  circulación   al   transporte   público   que   contamina   tanto!”   Por   supuesto   que   contamina,  la   diferencia,   cuando   uno   lo   trata   de   entender,   es   que   un   camión   transporta,   digamos,  a  100   changos   de   un  jalón,  evitando  que  99  de  ellos circulen en  autos  propios.  Lo  lógico   sería   pensar   que   las   autoridades   encargadas   de ello, invirtieran  y  vigilaran  mucho  más  el  buen  mantenimiento  de  las  unidades   y   obligaran   al   cambio   de   modelos  cada   determinado   tiempo   para   mantener   el   servicio   actualizado   y   contaminando   lo  menos  posible.  

Ya  que   pasa  la  oleada  de   convulsiones,  los   afectados   entran  en  una  especie   de síndrome   de   abstinencia   en   la   que   sólo   pueden   ver   todo   lo   que   contamina   en   la  ciudad;   entonces   los   ven,   algo   que   está   a   diario   ahí,   pero   que   en   otros   momentos   no  les   hace   mella…Los   asqueroso   camiones   de   recolección  de basura  de  la  ciudad!   Sí,   esos  malditos   vectores   de   la   peste   y   el   mal,   deberían   desaparecerlos!   Estorban,  son  lentos,  echan   humo  y  son  un  asco.  Y  ahí va  el  pobre  Chencho  en  pesero,  aguantando   axilas  ajenas,   de   pie,   expuesto   a   cosas   que   no   son   de   dios   y   el   maldito   sistema   de   recolecta  anda   libre,   contaminando   a   gusto.      Esa   segunda   propuesta   es   de   vital   importancia,   que dejen   de   circular   esas   bestias   del   mal…   Total,   ni   falta   que   hacen,   qué   importa   si   se  acumula   la   basura   un   día,   dos   o   una   semana;   siempre   se   puede   quemar   o  tirar   en   el  lote   baldío.   Bueh…   Cualquiera   pensaría   que   hay   un   camión   de   basura   por   cada  ciudadano  para  poder   considerarlos   fuente   de   toda   contaminación,   si,   es   verdad,  comparados   con   los   suecos,   suizos   y   holandeses,   pues   sí,   nuestros   camioncitos   dan  pena   ajena,   pero,   también   sería deseable   que   las   autoridades   nos   dieran   un   mejor  servicio   de   limpia,   no   suspenderlo   para   que   unos   cuantos   millones   de   habitantes   de   la  ciudad  que nacieron  con   el   culo   pegado   al   auto   no   sientan   que   se   les   agrede   en   la   más  básica  de  sus  libertades.

Poco   antes   de   comenzar   a   hablar   solos,   los   Chenchitos   desesperados   se   lanzan   contra  los   transportistas   –que  si  bien  contaminan   que   da   miedo   por   las   mismas   razones   que  los   anteriores,  descuido   y   falta   de   mantenimiento,   sin   la   atenuante   de   ser   del   gobierno  y   la   burocracia,   no,   generalmente   son   empresas particulares   cuyos   dueños   prefieren  gastar   en   buenos   autos   que   mantener   útiles   sus   unidades,   y   con   unos   choferes   que  parece   que   los   consiguen   en   el   túnel   del   tiempo   y   entre   más   primitivos   mejor-‐   que  son  casi   lo   mismo   que   el   diablo   para   los   cristianos.   Sí,   la   ciudad   no   requiere   de   esos  camiones estorbando   y   echando   humo   por   doquier.   Qué,   las   vacas,   cerdos,   pollos      y demás  animales   muertos   que   comemos  a  diario   no  pueden  venirse   solos?   Que   los  materiales   de   construcción   tampoco?   Quién   necesita   que   se   surtan   supermercados   y  tiendas?   Es   mejor   poder   ir,   en   tu   auto   en   el   momento   que te   de   la   gana,   al   campo   a  comprar  verdura  y  fruta  en  Granjilandia  el  pueblo feliz  de  los  granjeros  alegres.

Justo   antes   de   entrar   en   total   modo   autismo,   exigen   las   cabezas   del   gobernador,   de   sus  achichincles,   juran   que   estaríamos   mejor   con   algún   otro   político,   sacan   de   internet  ejemplos   de   lo   que   otros   países   han   hecho   en   esta   materia   –generalmente   se   van   por  países   europeos   con  niveles   de educación  e   idiosincrasia   que  México,  no  sólo  la   ciudad  sino   todo   el   país   no   alcanzará   hasta   pasado   el   2135-‐   y   reviven   las   traumáticas  experiencias   de   los   primeros   años  del  Hoy  no  circula,  cuando  sus  papás  golpeaban  la  mesa,   sus   madres   lloraban   de   rodillas   frente   al   auto   estacionado   en   el   garaje,   sin moverse,   como   si   muriera   un   día   cada   semana,   recuerdan   con   pena   profunda cuando  se   compró  el   segundo   auto,   que   sustituiría   al   otro   pobre,   ese   coche   viejo   que  humillaba   nomás   de   verlo   –se   les   olvida   que,   seguramente,   para   muchos,   terminó  siendo   su   primer   coche   cuando   se   compró   el   tercero   por   cuestiones   técnicas   y   de  revisión   de   emisiones-‐,   se   les   escapa   de   la   mente   el   recuerdo   de   los   pájaros   muertos  en  otros  años,  de  las  prohibiciones  de  hacer actividades  al   aire  libre,  de  las  infecciones  de   ojos,   de   la   vulnerabilidad   de   ciertos   sectores   como   lo   son   los   niños   y   ancianos,   total,  qué   importa   si   les   pasa   algo,   que   no   salgan;   por   qué   afectar   el   sagrado  derecho  a circular  solos en  su  auto,  de   ir al  Oxxo   de   la  esquina   en  él,  de  salir  a   dar  vueltas  incesantes para  encontrar  espacio  para  estacionarse  en  esta  ciudad  insegura.

Que  difícil   e   injusto   es   tener   que   ir   hombro   con   hombro   con   desconocidos   nacos   en   el  sistema   de   transporte,   tener   que   subir   a   un   taxi   o   al   servicio   de   Uber   por   algo   tan   vano  como  una  contingencia   ambiental   que,   seguramente no   afectará   más   que   a   algunos  cuantos   que   ni   conocemos.   Desde   luego   que cuando  se  trata  del   auto   (las   medallas   al  mérito   solidario   siempre   se   guardan   en   el   closet   o   el   cajón   de   la   cómoda   o  de  plano  hace   algunos   años   que   se   empeñaron   para   comprar   otro   automóvil)   no  hay  un  nosotros,  solo  jodidos  sin coche   (pero  sueñan  con  tener   uno)   y  aristocracia  sobre  ruedas   (sueñan   con   tener   uno   mejor);   quién,   en   su  sano  juicio,  prefiere  ser   de  los  primeros,   si   hasta   un   auto   amarrado   con   agujetas   te   puede   dar   la   ilusión   de  pertenecer  a los  segundos.

La   gran   desgracia   de   la   Ciudad   de   México   no   sólo   está   en   su   gobierno sino también, en  muchos  de  sus  ciudadanos   que,   como   personajes   ambiciosos   y egoístas   típicos   de  película  de  desastre,  se  encargan  de  labrar   un  destino ineludible   sin   importar   a  cuantos  pueden  llevarse,   siempre   y   cuando   no   sea   dentro   de   su   coche,   que   se   lo  ensucian.

lunes, 7 de marzo de 2016

La Vida Moderna -Absolutos-

absoluto, ta
Del lat. absolūtus.
1. adj. Independiente, ilimitado, que excluye cualquier relación.
2. adj. Dicho de un juicio, de una opinión, etc., o de la voluntad y sus manifestaciones:
Terminante, decisivo, categórico.
3. adj. Entero, total, completo. Silencio, olvido absoluto.
4. adj. Dicho de un rey o de un gobernante: Que ejerce el poder sin ninguna limitación.
5. adj. coloq. De genio imperioso o dominante.
6. adj. Fil. Que existe por sí mismo, incondicionado. U. t. c. s. m.
7. adj. Fís. Dicho de una magnitud: Que se mide a partir de un valor cero que corresponde a la ausencia de la magnitud en cuestión.Temperatura absoluta.
8. adj. Gram. Dicho generalmente del uso de un verbo transitivo: Que aparece sin su
complemento. En Hace tiempo que no me escribesse ejemplifica el uso absoluto de
escribir.
9. adj. Gram. Que contiene algún elemento predicativo y está separado entonativamente de la oración principal. Una vez sola en casa es una construcción absoluta en Una vez sola en casa, María prendió la televisión.
10. adj. Gram. Tradicionalmente, dicho de un adjetivo numeral: cardinal.
11. adj. Quím. Dicho de una sustancia química líquida: Que no contiene agua ni
impurezas. Alcohol absoluto.
12. f. desus. Aserción universal dicha en tono de seguridad y magisterio.

Terminante, decisiva, categórica; así parece moverse la vida moderna, en absolutos. Sin opciones, blanco y negro, sin grises, no porque no existan, no, sino porque parece ofensivo permitirles la existencia. 

Idealmente el mundo parecía volverse un lugar incluyente, con cabida a todo lo que la humanidad puede ser, hacer o aspirar ser o hacer; pero eso es una mentira, uno de tantos eufemismos de actualidad. Diversidad, inclusión, tolerancia son sólo unas de las palabras -hay muchas más, aclaro, pero esas son las que me llegaron el día de hoy- secuestradas por la modernidad. Así como en su momento la religión secuestró las palabras evangelio, iglesia, católico, apóstol, etc. y la política a hecho una burla de palabras como democracia, igualdad, libertad, comicios, sufragio, honestidad y medio diccionario más, la sociedad actual juega al secuestro ideológico y propone usar palabras sólo bajo los términos de conveniencia que le parecen.

Basta ver lo que se entiende por diversidad. Actualmente pareciera sólo referirse a la sexualidad (LGTTTTBQWXYZ, obvio no se toma encuenta a la heterosexualidad porque los etiquetadores la consideran la raíz de todos los males) o a ciertos aspectos de la política (izquierda, centro izquierda, centro, centro derecha, derecha, derecha a ultranza, cabrones con ideas a rajatabla, dinosaurios, dinosaurios en vías de desarrollo), un poco de ecología y algunas corrientes artísiticas, sin tomar en cuenta que ser diversos es un universo de oportunidades para la inclusión de todas las formas de ver, vivir y entender la vida y el mundo que nos rodea. Ser diversos no debería categorizar ni etiquetar, pero en aras de la diversidad se etiqueta y, lo peor, se pelea por pertenecer a un grupo etiquetado y se ufanan los que logran cargar el título que evidencia su pertenencia -se hizo en otros años para marcar a los parias de regímenes autoritarios, etiquetar solía ser una humillación-, la visión de la diversidad presente permite la creación de ghettos, espacios de exclusión que hacen a la gente pensar en la libertad, tremenda falsedad que no es más que un corral en la que ciertos individuos indeseados pueden hacer y deshacer dentro de un espacio delimitado por la sociedad permisiva. "¡Viva! ¡Viva! Tenemos un espacio para reunirnos y hacer lo que queramos sin salir de aquí y de las 20 a las 4... ¡Somos libres, somos queridos, somos aceptados!"

También se nos miente flagrantemente al hablar de inclusión y se buscan nuevas forma de separar, ya sea por género, por ideales, por estaturas, por afectos, no basta separar por colores, por castas o por dinero, la sociedad se vuelve más quisquillosa que los textiles en las lavadoras. Decía Sor Juana "parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco, al niño que pone el coco y luego le tiene miedo", buscamos soluciones a problemas reales, primero evidenciándolos y después imponiendo miedos, hablamos de amor odiando, de aceptar por medio del rechazo. "Si quieres pertenecer a este grupo debes evitar ser como eres y ser como nosotros decimos que debes ser" y por estúpido que parezca, hay quienes aceptan -sí, es verdad, somos seres sociales y necesitamos convivir entre iguales, pero la igualdad ha sido secuestrada por la política y ahora es programa de gobierno y/o tendencia, entonces para ser igual hay que ser igual y no diferente, por lo que las diferencias tienden a ser catalogadas como malas o excéntricas y encontrar iguales se vuelve una tarea titánica porque, en general, al individuo "extraño" lo rodean seres iguales (o sea, de los que son diferentes al extraño) y no puede encontrar a los otros extraños iguales para formar grupo y cuando los encuentra le resultan tan iguales a los iguales que prefiere la soledad que el compromiso de dejar de ser para pertenecer, muy claro, no?-.

La tolerancia es una de esas horrendas palabras que se nos obliga a usar de cotidiano y aceptar como algo bueno. De verdad, es mejor un rechazo abierto que la tolerancia, además una tolerancia unilateral, hueca, falsa, epítome de la doble moral que nos lleva de la mano. Originalmente algo que hablaba de soportar y resistir se ha vuelto el símbolo de el respeto, pero, el respeto a qué. Lo peor es que la tolerancia no es un derecho, es una obligación, misma que no se aplica a todo, sólo a determinadas actitudes; en una sociedad tolerante hay cosas que no pueden ser toleradas, por incongruente que resulte. Se rechaza la discriminación abierta, pero se alienta la "positiva" por discriminatoria que sea -Ay, es prietito y pobre, debemos ayudarlo porque no tiene manera de salir adelante sólo, nada más con la ayuda de la gente bien podrá terminar la secundaria y tener una carrera técnica, es nuestro deber ayudarlo y darle un lugar entre sus iguales, tampoco vayamos a darle motivos para que crezca resentido... ya ves cómo son-.

Poco a poco vamos cediendo la individualidad para ser parte de la homogeneidad esperada, esa en la que todos seremos iguales. El chiste es que debemos pensar igual, criticar lo que la mayoría considere, amar lo que sea aceptado por todos, jugar, comer, creer lo que se indica como lo cierto, lo real. El pecado mortal de nuestros días es la individualidad, el ser único (vamos, lo más único que se pueda, tampoco se trata de comer por la nariz nomás porque no es común), el tener ideas propias. Defender la verdadera libertad de pensamiento genera ámpula, criticar las ideas multitudinarias les saca roncha a las buenas conciencias; creer en lo propio, en la autenticidad de nuestra historia personal se ve como un error que tarde o temprano deberá generar un pago. El cielo prometido parece dibujarse en lontananza como una masa gelatinosa de seres entregados a ser como lo indiquen las necesidades del momento, el infierno estará lleno de seres pecadores, perversos que se dedicaron a no ver en la diversidad, la inclusión o la tolerancia los medios para volverse un nosotros absoluto y prefirieron el tenebroso camino de la individualidad y el egoísmo de un pensamiento propio.