La Vida Moderna -El lánguido viajero-

Es sábado, el vagón viene moderadamente lleno, el calor es insoportable -obvio, cada pasajero al subir cierra una ventana o, por lo menos, lo intenta-, el sopor del caldeado ambiente marea, cansa, adormece.


Después de malas experiencias en el transporte público -cuando era niño fui víctima de robos y asaltos-,  me he acostumbrado a mirar a las personas, primero por desconfianza y, poco a poco, por el placer de poder inventarles historias. Así, con la ancianita de ojos tristes me revuelco en el dolor de una existencia solitaria; con el viejo malumorado me encabrono por pensar en su cotidiana fetidez; la joven pareja me hace sentir nostalgia por otros tiempos; la madre angustiada por sus hijos me transporta a la reallidad de esta ciudad y lentamente cada uno de mis compañeros de viaje se vuelve un confidente, un conocido añejo y complejo, lleno de matices, luz y obscuridad.


Entre todos los que me acompañan, esta vez, destacan un hombre bigotón de mirada hosca, una chavita que no se desprende del móvil y que chatea compulsivamente, un aburrido joven cuyo principal rasgo es fundirse en el entorno, una mujer que cabecea cansada y él, el lánguido viajero.


Inventándome sus historias pude imaginar a la chavita chateando de galanes con su mejor amiga, su rostro la delataba, sonrisas, sonrojos, manos sudorosas, dejando escapar palabras en voz alta, olvidándonos, encontrándose en su propia burbuja. Feliz. El enigmático hombre hosco, con su bigote poblado y su barriga colgada entre las piernas (lo sé, no estoy libre de pecado), miraba sin ver y parecía esperar algo, como si pidiese una señal, un algo que lo trajera de vuelta desde allá, desde donde estaba. La mujer cansada, seguramente de un trabajo ingente y arduo, llegaría a su casa a seguir con las labores de madre, de esposa, de hija... Quizá de mujer solitaria que regresa a hundirse al hartazgo de lo suyo, de lo propio, del infierno (o cielo) personal. El efímero joven de mirada perdida y de mimetizante corporalidad dejaba ver su poco apego a la realidad, seguramente uno de esos niños grandes, tan comunes, tan sin chiste. Al final, recargado en una puerta, iba él, con su mirada acalorada, su rostro de martir moderno, en un rictus de extasis y de dolor, muy ad-hoc con el clima dentro del vagón del metro.


Mientras releía un capítulo de "Moisés y la religión monoteísta" me quedé absorto en las imágenes de ese evocado Egipto misterioso, árido, cálido como la chingada y... Plaf! El fatigado joven dejó caer su mochila, el calor parecía afectarlo, sin perder su cara de mártir cristiano en circo romano -kinda- se agacho a recogerla y al levantarse, sin mirar a nadie se quitó la sudada camisa, dejando al descubierto el engañoso cuerpo de un flaco musculoso enfundado en una muy pequeña camiseta de tirantes -evidentemente un truco para reforzar su físico visualmente- y colgándose la mochila al frente, tomó postura de San Sebastian, esperando los flechazos que pudieran llegarle de arqueros inexistentes.


Retomé mi lectura, Akenatón y Nefertiti llegaron a cuento ubicándome en una realidad más histórica, menos bíblica... Zas! Una botella cayó de las manos del adormilado viajero. Todos volteamos a verlo, la chavita interrumpió por un momento su chateo, el camaleón fundido con el fondo apareció visible y corpóreo, la mujer cansada dejó de cabecear por un momento y el hombre de bigote pareció despertar de su entumecimiento mental. El centro de atención, ajeno a nosotros levantó una botella de agua, era evidente que se cuida, que no bebe cosas azucaradas, que no fuma, que, con ese rostro de pasión de cristo, seguramente camina sobre el agua, blah-blah-blah...


Parecía un juego, cada estación el tipo tiraba algo, llamando la atención de todos, no me hubiera extrañado que al final pidiera dinero por su actuación como estúpido manos de mantequilla. Logré ver, de reojo, al hombre de bigote con cuidado guardando una argolla matrimonial en el bolsillo del pantalón, muy despierto, mirando al lánguido viajero de torpeza inigualable. Me hizo el día, cambiar todo el concepto del fulano hosco, por el de un depredador atrapado en las garras de una mujer que, no sabe-o finje no hacerlo- que se le escapa con otros animalitos del bosque. Cada quien.


Finalmente llegamos al final del recorrido, el tren entra a la estación y la languidez del viajero ha desaparecido, su rostro es sudoroso, parece el rostro de alguien que está dispuesto a correr, el pulso brinca en su cuello, la mirada no es de extasis, es de reto, de cierta travesura.


Un primer frenón nos toma a todos por sorpresa, el viajero se deja ir con la inercia, golpea el tubo con una mano, el sonido nos hace voltear, lo veo, trae pantalones a la cadera. De nuevo, sin ver a nadie, toma la hebilla del cinturón, suspira...


En un flip de sus manos, todo se desborda, todas las miradas se congelan un segundo, no más. En un flop de esas mismas manos, todo desaparece. Las puertas se abren, él se pierde, el hombre de bigote corre tras él.


La chavita dice algo en voz alta, cerdo, puerco o algo parecido, la señora mueve la cabeza, negando el show que acaba de ver, el camaleónico pasajero no parece captar la escena, su mirada está más perdida ahora que antes. Nunca me ha asustado el cuerpo humano, ni vestido ni desvestido -y menos el masculino-, no me sorprendió la escena, no creo en la moral persignada, me fui a casa tranquilo, ¿por qué no? Después de todo, por fin le había encontrado un sentido a los hórridos pantalones a la cadera gracias al lánguido viajero lángaro.

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