La Vida Moderna -El monstruo de la sonrisa-

Ya son varios años de lo mismo, entras al vagón y me miras; primero a los ojos y luego bajas lento a mi entrepierna, rebotas a los ojos y vuelves a bajar, como un yo-yo perverso. No importa la hora, el número de vagón, nunca varías la jugada.

Yo te he visto de mil formas, delgado, gordito; de cabello corto, largo, decolorado, rapado; formal, fachoso; fajando con desconocidos, con tu pareja, solo; triste, excitado, feliz, enojado, absorto. Me intrigas. He visto tus manos: fuertes y masculinas. Tu frente que se marca cuando gesticulas. Tu perfecta nariz (ota). Los enormes ojos que dan vida a tu rostro y esos labios carnosos (a veces ocultos por esas barbas raras que cultivas) pero inexpresivos que me han hecho redimensionarte.

Me imagino que, para ti, no tengo rostro, ni manos, ni pies... Solo un fragmento de cuerpo de mis ojos a la entrepierna y de vuelta.

Te vi llorar una vez, era tarde y entraste al vagón, empapado (la lluvia hace maravillas con tu imagen), con una derrota a cuestas. Sin fijarte en nada te sentaste en el suelo y lloraste, de forma amarga y suelta. Nada existía a tu alrededor, el mundo era tuyo y de tu dolor.

Ayer entraste al vagón, igual que siempre, con esa mirada de cínico delicioso, con la actitud de buscar algo y lo encontraste en mí, de nuevo.

Tour ojos-entrepierna y de regreso.

Tus ojos se encontraron con los míos, pensé en enfrentarte, mirada a mirada, la sostuvimos. Más de 6 cuerpos nos separaban y fue labor titánica sostener el contacto visual entre cabezas, hombros y manos. Súbitamente tus inexpresivos labios se tornaron en una mueca cómica, torcidos, apretados y levantados, como de beso constipado. Me reí, ¿qué necesidad tiene un hombre de seducir torciendo así la boca? En fin.

El vagón se fue vaciando poco a poco y nuestras dimensiones reales aparecieron, agradecí que no huyeras al ver mi rotundo cuerpo y me pareció que ganaste, saludablemente, un poco de peso. Tus hombros se ven más distantes entre ellos y tu pecho más amplio. Interesante.

Segundo Tour ojos-entrepierna y de regreso.

Con tus ojos me indicaste que siguiera tu mano que bajó a tu entrepierna y a apretones desesperados trataste de hacerme entender tu urgencia; pero para mí, esa costumbre me remite a infecciones, comezón por falta de higiene o parásitos. Desvié la mirada tratando de ubicarme en el mensaje y sus verdaderas intenciones.

A una estación de la terminal me dedicaste un beso, un guiño y un, muy necio, apretón de tus genitales.

Tercer Tour ojos-entrepierna y de regreso.

Hemos llegado, veo en tu cuello el saltar de un pulso acelerado, me miras, levantas la mirada al techo, suspiras. Las puertas se abren y sales como bólido. La cantidad de personas es tal que te alcanzo en las escaleras, quedamos a la par, volteas indiferente, te miro y te sonrío sinceramente; entonces tu rostro se descompone, no sabes que hacer y huyes. Escarbas una ruta entre la gente, empujando y codeando a todos los que se interponen entre la salida y tú.

Ya habían sido varios años de lo mismo, hoy entras al vagón y me miras, el color huye de tu piel, la sonrisa pícara se desvanece. Te sales de inmediato, no te importa que las puertas atrapen tu pierna y la mochila, no quieres estar ahí, podrías arrancarte la pierna a mordidas. Te miro y te torturo de nuevo, sonrío.

No, no es lo que quieres, quieres algo veloz, sin nombres, sólo gestos y manoseos, quieres facilidad desconocida. Quieres enfrentarte al desprendido hombre anónimo y no al monstruo de la sonrisa.

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