¿...y si ganan?

En nuestro país, durante el tiempo del mundial, se separan parejas, se dividen familias y se acaban amistades. El honor de la nación yace en el esférico (palabra mamona para sustituir "el balón") que será pateado hasta el cansancio por los muchachos de la selección quienes tienen la dicha de tener los ojos, cerebros y corazones de, mínimo, cien millones de mexicanos pendientes de ellos.

Históricamente enfrentamos la triste realidad de todas las veces que hemos estado cerca, de lo mal que nos tratan los árbitros vendidos, de las malas condiciones de las canchas, de lo agresivo que era el público, de lo raro que era el balón y bueno, los pretextos sobran para enfrentar las derrotas de las selecciones nacionales a través de los años y, en el proceso, aliviar el dolor que les deja ese hueco de ausencia de triunfo a los millones de aficionados que, cada cuatro años, religiosamente se venden a las empresas que patrocinan a las selecciones; mismos que levantan el puño en señal de orgullo nacional cada que ven a los futbolistas salir a la cancha mientras ellos comen sabritas, sandwiches de pan bimbo, chelean con corona -sus hijos algún pinche jugo cargado de azucar que tenga estampado a un jugador- y pegados en una pantalla (comprada ex profeso para ver con lujo de detalles las jugadas) que emite imágenes exclusivas de televisa o azteca (o de plano del sistema de paga que sí transmitirá todos los partidos), recibiendo estadísticas por telcel y posteando en facebook y twitter por el servicio de red de cablevisión.

Ningún mexicano viviente sabe lo que se siente ganar una copa mundial, nadie ha vivido la peda del siglo por ese motivo y ninguno ha asistido a recibir a los héroes del nacionalismo nacional de la Nación al aeropuerto o a hacer valla en el desfile de triunfo por todo Paseo de la Reforma y luego seguirlos en la caravana nacional con los ojos anegados en lágrimas por tener la copa en el país.

Siempre dama de honor y nunca novia.

Por un instante abandonemos esta sombría secuencia de derrotas, dolores nacionales y de bolsillo. Por un breve momento perdámonos en el camino de otra realidad y vayamos a ese planeta, a tres latidos de distancia, para encontrarnos con LA NOTICIA, la selección nacional ha ganado el mundial...

Las primeras imágenes son del presidente y su familia en la cancha tomándose fotos con la selección cosa que genera una repulsiva mezcla de envidia y odio.

Acá ciudades de la República tiemblan ante la emoción desbordada, no hay un lugar del país en donde no se festeje, aun los reacios y antifutboleros han salidos a las calles con banderas, al unísono México se vuelve tricolor, más que en septiembre, más que manual de identidad gráfica de presidencia; hay alegría, hay violencia, hay xenofobía, hay soberbia, falta un poco de modestia, pero en palabras del pueblo "vale madres putos!".

Los hinchas han dormido en el aeropuerto, se han suspendido vuelos ante la avasallante presencia del pueblo que espera a los héroes; el puerto aereo es el infierno. Se reportan robos en todas las salas (carteras, tablets, novias, cámaras, medallitas), manoseos, violaciones, dos nacimientos en los baños, 4 muertos por asfixia y la aparición de la virgen en una cajita feliz de mcdonald's (cosa que sigue sin encontrársele relación con el fut).

Los festejos (llamados barbarie por algunos medios amarillistas) duran más de una semana. Paseo de la Reforma ha sido cerrado a la circulación después de los desmanes del desfile triunfal de la selección y algunos periódicos publican el costo por las reparaciones y las perdidas millonarias por los asaltos y destrucción de establecimientos (las autoridades le llaman exageraciones). Lo mismo es en cada estado por donde pasa la caravana; monumentos mutilados en momentos de euforia y fanatismo. Pero se entiende, se vive la alegría, se disculpa la travesura. Las asociaciones de derechos humanos defienden a los vandalitos alegando que es un hecho sin precedente y que se les reprimió con violencia por lo que se castiga a los mañosos policías abusivos.

No hay palabras que alcancen en las redes sociales; no hay suficiente espacio en televisión y radio para cubrir las noticias, aunque hay que admitir que llevan un sesgo para hacer aparecer la fiesta enorme y las concecuencias nimias; pero, ¿qué más da? México vibra, vive, celebra.

A un año de distancia, ya todos se preparan para el festejo del aniversario del primer triunfo, no será tan grande, finalmente aun se debe la pantalla y hay que pagar el nuevo automóvil que suplió al que ya no circulaba diario y los chips de las mascotas y sus respectivas tenencias.

Los chicos de la selección, siguiendo la tradición, son empresarios, promueven lociones, tortas, panes, canales de paga, teléfonos y presumen novias actrices de televisa y azteca, algunos que aun tienen la ilusión del campeonato juegan en Europa y comienzan a agarrar acento extranjero.

Ya no se dice "qué onda güé", el saludo oficial es "qué pedo puto" seguido de abrazos y sonrisas (las mujeres se siguen dicendo "güé" ya que, por alguna extraña razón, el "qué onda puta" nunca pego entre ellas). México ha sido amonestado en varias ocasiones por diversos organismos internacionales por el uso de la palabra puto y la actitud poco humilde frente al triunfo, pero nos vale madres y la pinche sonrisa de satisfacción no nos la quita ni Hacienda.

La vida en el país sigue igual, las mismas tranzas políticas, los mismos abusos de autoridad, millones en pobreza, en realidad poco cambió, salvo dos cosas: Laura Bozzo fue expulsada del país por criticar a la selección y el Presidente fue abatido por una turba enardecida al equivocarse en el nombre de dos jugadores en el discurso de arranque de la caravana nacional.

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