La Vida Moderna -La Guerra de los Mundos-

Pataleé hasta cansarme cuando vi el trailer porque era Tom Cruise, tenía hijos, era en la actualidad (por lo menos la que se vivía en 2005) y todo estaba mal -entonces yo era igual de berrinchudo que todos y por todo, en particular defendiendo los libros de mi infancia-; fue tal mi pataleta que decidí no verla (si te vas a poner en contra de algo, tienes que ser coherente). Cuando se estrenó, las salas cinematográficas se perdieron de mi presencia. Por cierto, hablo de la adaptación de Spielberg sobre la novela de Herbert George Wells, La Guerra de los Mundos.

Pasaron unos años y alcancé a ver unas escenas en tv y díjeme para mis adentros míos de mí "oye-s man'to, no se pasa a ver tan mal" y en la siguiente visita al MitzOp me la compré. La ví y me agradó, simple, cumplió su cometido; agradecí enormemente que no hubiera la típica escena de "regresemos por el perro o los canarios" (no es que no ame a los animales, pero es que llegó un momento en el cine hollywoodense que se volvió cliché ad nauseam) y que no hay salvación de último minuto; hasta eso, los escapes son coherentes con toda la irrealidad  de la pesadilla que viven los personajes. Ahí quedó, empolvándose en el librero en el que se empolvan las películas, los libros y las figuras de acción; no sólo por no tener movimiento sino porque mi recámara está maldita, no importa cuantas veces sacuda y limpie, a los diez minutos ¡puf! está cubierta de polvo de nuevo. Pero bueno, en el caso de La Guerra de los Mundos, nomás la vi una vez y eso la hace más empolvada que otras.

Años después ¡zas! que me cacho a mí mismo viendo la película en algún canal de cable y le descubrí otra dimensión. Primero, como siempre, me empecé a clavar en la textura, "¿qué haría yo, frente a una situación así?" y pendejadas de esas... De pronto distinguí otra cosa, dentro de la película vi una segunda guerra y me agradó un poco más el hecho de que el personaje principal tuviera hijos.

Sé que no estoy descubriendo el hilo negro, el agua tibia ni la limonada, seguramente los verdaderos críticos dieron su reseña y analizaron todo en su debido momento, pero no tengo ganas de buscar artículos de hace 12 años y sólo quiero hablar de la revelación que tuve mientras estaba de ocioso todo desparramado en la sala de la casa y recordarles, por si no lo saben o no se han dado cuenta, que no soy crítico profesional de nada, ni experto en cine, tv, entretenimiento en general, cocina, moda, leyes o política, así que tomen mis comentarios como los de cualquier hijo de vecina.

En la novela, el personaje principal es tan anónimo y normal como cualquiera de nosotros y termina corriendo por su vida en un mundo devastado, no es el héroe, no es el que descubre como matar a los invasores, no captura un trípode y vence, no liderea una revuelta, es más, no sabe que hacer, tiene miedo, es una persona común haciendo lo posible por sobrevivir; creo que eso fue lo que me hizo sentir un miedo tan profundo de niño, que él era sólo un hombre tratando de vivir, él era la suma de la humanidad consciente de su fragilidad ante lo desconocido.

En esta versión cinematográfica, el personaje principal es casi tan anónimo como el primero (aunque tiene nombre), es un padre divorciado, con hijos -o sea un hombre muy del momento lleno de culpas por la relación con sus hijos, es la representación de un gran porcentaje de los adultos que componen el mundo actualmente- que termina corriendo por su vida y la de ellos sin saber qué hacer en un mundo devastado, tampoco es el héroe, tiene miedo y a pesar de eso toma el control, es adulto, se supone que él debe hacerlo, trata de ser mesurado y demostrar tranquilidad (aunque se nota que quiere a su mamá).

Está el hijo mayor, adolescente en toda la extensión de la palabra, hundido en sus rollos, quiere demostrar que está listo para ser adulto, pronto para juzgar, crítico irredento como lo somos todos a esa edad y cree saber más que los adultos aunque tampoco tenga idea de qué hacer, energía pura sin control ni mesura, lo mismo quiere luchar que correr, desobedecer que exigir que se le cuide.

La niña, tal vez la más frágil de todos y no por niña, sino por ser infante; una cosa delicada -insisto, no por género, por edad- a ratos lo más importante en otros un lastre; como buen niño no tiene la dimensión de lo que ocurre y está a expensas de un padre que no la conoce bien y un hermano que lo mismo la ignora que está listo para protegerla.

Estos son los otros mundos que están en guerra durante toda la película. Voces que se levantan para demostrar lo complejo, no sólo de las relaciones familiares, sino de las relaciones sociales, esa eterna pelea de cada generación. Podría quedarme con la idea de la nada fácil relación de un padre divorciado con sus hijos que lo aman y a la vez le tienen rencor, aunque sería verla muy por encima, en el fondo, son tres generaciones en pugna, no importa el amor o el rencor, son las representaciones de tres etapas que, en la actualidad, están cambiando, tal vez más de forma que de fondo gracias a exigencias de una sociedad que vive de modas. Por milenios los seres humanos hemos sobrevivido a esas etapas sin tanto rollo; ahora se busca normar (o normalizar) esos momentos desde estudios psicológicos, médicos, sociales, culturales y rasarlo todos sin tomar en cuenta la idiosincracia de cada país para globalizar un comportamiento que depende hasta de la geografía. Cada personaje trata de seguir lo que le dicta su naturaleza frente a un estímulo externo y de ahí el conflicto entre ellos, el deber y el ser. El ser adulto y lo que debe hacer un adulto (lo que se desea frente a lo que se necesita -bueh... por lo menos en los adultos ideales-), el adolescente que se debate entre el niño y el adulto (física y mentalmente, un precario equilibrio del que debe resultar en un adulto funcional, desde un punto de vista social que depende, completamente, de la época) y el niño, esa esponja que, en teoría, debe aprender la diferencia entre el egoísmo de estar bien y el sacrificio de hacer lo correcto, por lo menos desde el punto de vista de los adultos (aunque ahora se supone que se debe dejar que el niño haga lo que quiere porque sino se trauma y será un adolescente infeliz y un adulto con conflictos).

Esta familia disfuncional sobrevive a su guerra (y a la de los invasores) como cada generación humana, con golpes, chipotes y lecciones aprendidas; madurando lo que corresponde a cada etapa ya sea con o sin ganas; la evolución/crecimiento de cada personaje/ser humano se da gracias a las experiencias vividas, la pertenencia y permanencia en un grupo determinado, el sobado sacrificio y el cursi trabajo en equipo a pesar de las diferencias.  Todos están listos para el próximo nivel, la infancia será adolescencia, ésta edad adulta y el adulto seguirá su camino que, de ser perfecto, lo llevará a la muerte (con la esperanza de que sea sin extraterrestes de por medio).

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