La Vida Moderna -La puerta trasera-
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| Idea mía, realizada por Gemini |
Suena el despertador, digamos, a las 5:00 am, abres tus ojos abotagados, te truenan todos los huesos, tu mascota se estira a tu lado bosteza y vuelve a acurrucarse, dices tu oraciones (ca'quien) y te levantas --ya no de un brinco, obvio-- como Dios te da a entender o lo que la movilidad te permite (y es cuando aceptas que hubiera sido bueno hacer ejercicio alguna vez en tu vida). Te sostienes apoyando las manos en algún mueble en lo que pasa el mareo y los ojos vuelven a sus órbitas. Sientes comezón por todos lados, escalofríos y avanzas con cuidado sin encender la luz, llegas al baño dejas correr el agua en la ducha y la frescura del agua, la ternura del jabón sobre tu piel, la espuma en la cabeza, todo es un concierto de sensaciones que terminan de despertarte y te sientes como si tuvieras 15 años de nuevo. Con todo, es un buen despertar y un mejor inicio de día.
Listo y sin prisas, con tiempo de sobra sales de casa y comienzas tu andar cotidiano, el aire huele limpio, los pájaros trinan, las ardillas bulliciosas corren, brincan, espían y los gatos ferales se desperezan y te miran pasar mientras se acicalan sobre el pasto pleno de rocío. Varios autos se mueven en el estacionamiento, unos salen con prisa, otros regresan con calma después de salir corriendo a dejar a alguien a algún lugar. Miras el cielo, el sol naciente sonríe, las nubes le dejan paso y el viento carga polen y polvo de otros lugares... es un nuevo día.
Cruzas el estacionamiento, como lo has cruzado miles de veces, pero esta vez el empedrado ha decidido expulsar a uno de ellos y el hijo agraviado busca venganza y la encuentra en tu firme pisar y ¡mocos!, ahí vas a dar, recuerdas con terror como antes de caer alcanzaste a ver de una manera imposible la suela de tu zapato, esa parte que no estás diseñado para ver cuando estás de pie y ahí la tenías con cara de sorpresa de ver tu rostro de espanto y juras que grita al caer. Te levantas de inmediato (bueh... tan inmediato como te lo permite la edad, el dolor, la vergüenza y sonríes a un público que no existe), das un paso y sabes que el camino a la parada del autobús será un suplicio.
30 minutos después (de un tramo que toma de 10 a 15 minutos andar con los dos pies en su lugar), ya estás en la zona delimitada para que el camión se detenga y suban y bajen pasajeros, desafortunadamente a esa hora solo suben, y suben... y suben. Ya no alcanzaste el de las 6:40, ni el de las 6:50, viste pasar el de las 7:00 y sabes que a las 7:10 pasará el siguiente, pero 15 minutos después y con la parada hasta el queque comienzas a preocuparte, ya deberías estar a punto de entrar a tu oficina. Con alivio aterrado ves aparecer el autobús en lontananza y descansa tu alma, no así tu cuerpo que recuerda que hay cerca de 20 personas que piensan subir al mismo espacio al mismo tiempo y con prisa.
No sabes decir cómo lo lograste, el caso es que para cuando llegas al metro descubres un rasguño en tu pecho, un botón de la camisa desaparecido y un vasito de atole que no compraste en tu mano derecha, todo esto sucede mientras sin moverte bajas del camión, sin utilizar un músculo, ni flexionar alguna articulación, aprovechas y caminas a las escaleras que se desbordan de seres humanos que avanzan como salmones a los que la carrera por la supervivencia de la especie. los hace moverse con desesperación y urgencia... con desconfianza miras a los lados para ver si no hay osos pescando.
La alarma de tu teléfono te indica que el tiempo para llegar al trabajo ya pasó hace 20 minutos y rezas por un milagro que llega en forma de trenecito naranja y por primera vez te preguntas por la física del armatoste que traga más gente de la que escupe y siempre le cabe más. Te aferras a tu fe, a tu mochila, al misterioso vaso de atole que ahora es un tamal de mole mordisqueado y te entregas a la voluntad de Dios al tiempo que se abren las puertas... sabes que entraste, te encuentras embarrado en el grueso vidrio mirando un rayón que simula un algo obsceno, no puedes moverte, atrás de ti hay un océano de gente en tempestad y sabes lo que siente Atlas sosteniendo el mundo. Ya no recuerdas el dolor de tu pie torcido porque te duelen más los codos en las costillas, la punta de un paraguas en la nariz y el líquido hirviente del café que traes en la mano.
Suena el timbre, es tu estación, pero aún estás embarrado en el cristal del otro lado cuidando el pan de hojaldre que sustituyó a la torta de jamón que apareció en lugar del café en tu mano, ya no peleas, ya no resistes, te aplastas lo mas que puedes contra el vidrio y suspiras, sabes que solo es el principio, el tren volverá a esta estación en sentido contrario en algún momento del día, tienes la esperanza de que dejarán de aparecer alimentos en tu mano y podrás escribir un mensaje para pedir permiso de llegar tarde, de faltar, de tomar vacaciones, de presentar tu renuncia, de jubilarte... te sientes como de 65 años, tu cuerpo no responde, tu mente solo quiere desconectarse y desea que suene el despertador, digamos a las 5:00 am y poder empezar de nuevo el día, pero no entrar a él por la puerta trasera.

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