La Vida Moderna -El silencio en el teléfono-

Me dice espera un segundo... Ajá. Hace falta ser imbécil, masoquista y un poco -más- neurótico de lo normal. Debí colgar a los 20 segundos.

Cinco minutos, la mar de aburridos, veo el cortauñas. Me estiro lo más (muy poco) que mi cuerpo me permite y me detengo en el punto exacto en el que estoy por tirar el cortauñas o el teléfono; prefiero que se caiga el corta uñas, total, lo de menos es sacarme el zapato y estirar el pie y jalar el pinchurriento aparatito, mientras espero.

No tiene lógica. Si no quiere hablar, para qué llam...

Ayjodelaching... Ay! Bueno, esa uña no me la tendré que cortar otra vez en un buen rato. Sangre (y, por supuesto, la caja de pañuelos desechables está del otro lado y algodón no tengo ni por asomo). ¡Agh! Esta playera blanca ya fue. Por lo menos hubiera hecho algo artístico con la sangre... como siempre las buenas ideas llegan ya que la cagaste.


Esto es absurdo. Como si no tuviera nada qué hacer...

Telarañas en la esquina de mi habitación. Bueno, ahora sé qué puedo anexar a las tareas pendientes.

Una parte de la pared está desquebrajándose (¿qué demonios está haciendo?).

¡No mames, no sabía que tenía ese libro!

Umta... todavía tengo esa mugre ahí, debí tirarla hace meses (No se oye nada).

¡Claro, aparece la porquería de papel después de hacer otra vez el pinche trámite!

Aww... La foto, que madrizas para el tiempo (prefiero el correo postal).

¿No sé qué es peor, esperar o pensar que ya no hay respuesta?

El tiempo no se detiene, maldita sea... Sólo a mí se me ocurre tener un reloj de pared que hace un tic-tac que me arruya y en este momento es mi peor enemigo. Se ríe, estoy seguro de que se ríe. Si, ese maldito se está burlando de mí. Que limitante es el teléfono alámbrico. Si alcanzara tiraría al pinche reloj de la pared, lo patearía bajo la cama o lo ahogaría con una almohada. ¡Ah! Que placer sería escuchar morir su tic-tac lentamente.

¿Cuándo rompí la manga de la camisa? (¿Y si es importante lo que tiene que decirme?)

Bueno, esto tiene sus ventajas, que bueno que encontré el libro que aun no termino.

Que bueno es este libro... (algo lento en el desarrollo)

Bueh... Cien cincuenta páginas que se fueron como agua.

¿Y si me corto las uñas de los pies? Digo, no soy bueno para los malabares pero, si paso el pie por acá y sostengo el teléfono entre la oreja y el hombro. Ajá,  ahora la otra mano, la... ¡Ay! No, no, no... ya me... ¡Ay! Síguele entrando a las botanas panzón...

Me troné la espalda, tal vez debería acostarme un rato.

Mira el techo. Que extraños son los techos. Por un lado te guardan del sereno, del céfiro, del rocío matutino, de la lluvia, de los depredadores y, seguramente, de los seres extraños que deambulan entre las cuagulaciones de la realidad y otras dimensiones. Sin embargo te asfixian, delimitan tu espacio y si les viene en gana te apachurran y te dejan como estampilla postal. ¡Que extraños son los techos, me cae!

Silencio. (Podría jurar que oí pasos del otro lado de la línea)

Hace frío, no quiero destender la cama, no quiero tener que quitarme el pantalón y la camisa (¿cómo rompí la manga?), entre lo gélido del momento y la hueva, mejor dejo que la hueva se acomode y me cubro con la chamarra. Mmmmmh... Si me tapo los pies, se me enfrían los muslos y viceversa.

Debería colgar.

Estoy enredado con el cable, a ver, si me pasé de la silla a la cama entonces le dí vuelta a la... no. Creo que fue del otro lado, no, menos. ¿Cómo fregados se me enredó el cable entre los...? ¡DUELE! Mejor no averiguo. 

¿Bueno?

¿Hola?

¿Cómo quién?

Tú me dijiste que... O sea. 

¿Quién chiga'os es Pocholo?

¿Quién habla?

-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-tut-tú-

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