La ausencia de dios


De niño llegué a creer en dios.

Pensé que era ese viejo de barba y batón fodongo, siempre molesto y con cara de pocos amigos. Nunca entendí la necesidad de partirlo en tres, de que su hijo -él mismo- se encarnara y se muriera y que el espíritu santo -él mismo- le hiciera de recadero.

Peor aun era tratar de entender su voluntad, sus "maneras misteriosas", si él ya dijo "va", ¿de qué sirve rezar y pedirle? ¿Por qué caer de hinojos y suplicar?

Que diferente era ver a esos dioses griegos y romanos, tan llenos de vida y erotismo; de deseos y fallas; lujuria y sufrimiento; soberbios y hermosos, la oración  servía para hacerles cambiar de opinión, era comprarlos, eran tan humanos.

Mi pequeña -pero retorcida- mente no alcanzaba a entender la duda propia, ¿por qué Jerusalem?, tan polvosa, ocupada, gente sufridora y lastimada. ¿Por qué ahí, en ese pueblo tan sin glamour, estaba el verdadero dios?

¿Por qué eran falsos los dioses de pueblos tan extraordinarios, científicos y artísticos?

Bastaba recorrer las páginas de mis libros de arte y ver lo grandeza de Siria, de Grecia y de la Roma pagana -por mencionar a algunos-, todos bajo la creencia de dioses falsos y perversos. Después encontrar la belleza depresiva del cristianismo, su dios etéreo, enojado pero piadoso, su hijo humillado y sin deseo -irónicamente lleno de "pasión” y mujeres tapadas hasta el cogote, llorando suplicantes.

De pronto el hedonismo delicioso de las ciudades paganas se fue al traste con la llegada de la luz y la verdad que hundió al mundo en las tinieblas de la superstición y la ignorancia. El miedo del castigo eterno -después de la vida- y la búsqueda de la salvación eterna -también después de la vida- dejaron atrás las verdades simples de las metáforas de vida y de cotidianidad, olvidaron la inteligencia y prefirieron vadear por las ciénegas de la brutalidad piadosa.

No, claro que no estoy diciendo tonterías new age de que los antiguos eran todos shalalá agustirribuenaonda, no. Salvajes, sangrientos, ambiciosos, etc. Pero sus dioses eran iguales, reflejaban esas pasiones; esas ganas sin ambages; esa lujuria tan propia del humano. No se andaban con pasiones palomeras y mujeres pulcras sin mácula -aunque si las había, digo, que misterio más chido que la concepción sin hombre (o bien, que chinga)-, no requerían de santas y santos comprometidos con la mortificación de la carne y la abjuración del placer.

Mi adolescencia, tan fregada como fue, me regaló más dudas, porque, la verdad, que ojete es un dios que destruye una ciudad en castigo por unos cuantos miserables. Qué necesidad tiene un dios de juntar almas, si se supone que las mismas las otorgó por amor. ¿Para qué le canten aleluyas? O sea…

Judíos, musulmanes y cristianos a tope… Y el mundo no mejoró en dos mil años. Grecia, Egipto y Roma tuvieron épocas de esplendor más largas orando a los dioses “equivocados”, por más ojetes que fueran, daban grandeza a las naciones de la tierra.

Empecé a desconfiar de la humildad, de la sencillez y, por supuesto, del celibato.

¿Por qué un dios exige tanto y da tan poco?

¿Por qué temer su ausencia?

¿Por qué usarlo para mediar todo?

No dudo que la gente de fe requiere su existencia, sus leyes y sus dogmas para encontrarle sentido a la vida y a la muerte. Pero cuando te vas alejando, desprendiendo de ese algo que asfixia, que limita, que invade tu intimidad absolutamente, que se enreda en tus neuronas y destruye la sinapsis para adormecer el deseo de seguir vivo, descubres un manto de agua cálida. Dejas de temer a la vida y a la muerte -un proceso natural derivado de la vida-.

Tú ya te habías salvado, completa; tu amor por el conocimiento fue la llave de tu salvación. Moriste, es cierto, pero no te irás a cantar aleluyas ni te irás a arder por siempre. Tu hermoso fuego y tu voz nos dio calor y consuelo en vida.

Ayer dios estuvo ausente, junto con sus santos y vírgenes y toda parafernalia.

Fue una despedida entre humanos, sin mediar lo divino.

Ya no te tocó disfrutarlo, pero sonreí pensando que hubiera sido una delicia para ti.

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