Eternidad peregrina

Desde Aztlán desplazados por designios divinos de grandeza y fortuna, obligados a buscar un mejor lugar; sin brújula, persiguiendo la promesa del dios, ese ser superior que a ciegas manda a un éxodo no bíblico -por lo menos para lo que ahora debemos, o creemos que debemos, considerar bíblico (una de tantas palabras secuestradas por una ecclesia abusiva)- que, seguramente, llenó de llagas el cuerpo, el corazón y la mente de un pueblo sumergido en la devoción; siempre dispuesto a demostrar la disposición a la obediencia a los seres superiores.

Con tan ciega obediencia no fue de extrañar que al ver llegar a otros seres diferentes -ergo superiores (según lo que nos han machacado por años en las escuelas), por lo menos en cuestiones de amor propio, ellos no confundieron a un solo paisano con ningún dios, planta o pesadilla-  a los que, en chinga, les ofrecieron toda su disposición y estos nada tarugos hicieron uso por la razón, la fuerza y la ambición absoluta.

Trescientos años después se necesitó otro hato de seres -cuasi- divinos que, de nueva cuenta, guiaran al pueblo de la legendaria Aztlán hacía la libertad. De nueva cuenta este periplo llenó de cicatrices al glorioso pueblo. Basta decir que los conflictos no cesaron al promulgarse la independencia, no, guerritas entre facciones de hombres divinos que controlaban a facciones del pueblo elegido (siempre inferior y con necesidad de ser guiado) los hacía permanecer a la saga, esperando un nuevo mesías.

Y, así, el pueblo que salió de Aztlán, otrora glorioso; yacía lánguido, mermado, amestizado, abusado, encadenado, disminuido, bocabajeado, vituperado, vilipendiado y, por sobre todas las cosas, acostumbrado a los malos tratos, a la desidia y a la abulia. Con esta receta mágica floreció el Porfiriato y   con esto el atisbo del negro futuro que se forjaba el pueblo de Aztlán.

Nuevamente, el dedo de dios ungió a nuevas divinidades que habrían de liberar al oprimido pueblo, el pueblo se levantó en armas (también habría que pensar en qué parte y porcentaje del pueblo lo hizo verdaderamente) y la lucha por la libertad y la igualdad y la fraternidad, todas esas cosas que los dioses le prometen a los hombres, comenzó de nuevo. Y acabó para ser remplazada por una lucha de valores religiosos -que no eran los del pueblo de Aztlán por cierto- y la gente gustosa siguió a los líderes hasta la muerte.

Aparte, entre cortinas de la política mexicana, el negro futuro del país se gestaba dejando claro que la estrategia sería el usar la fe, la indigencia, la ignorancia y la entera entrega de un pueblo que jamás dirige, un pueblo que solo sigue.

Si, somos mexicanos, tenemos un pasado glorioso, una cultura extraordinaria y por eso mismo el gobierno tomó la rienda de nuestras vidas; pero, claro, para evitar otro Porfiriato, habría que cambiar caras, habría que crear mil y un formas de esconder la fuerza entera del poder y la manipulación en un laberinto de liderazgos y recaptación de la fe y la idea del nacionalismo.

Y así surge la idea del líder sindical al servicio del gobierno.

Mientras los líderes se envuelven en el nacionalismo y las trágicas historias, de hace más de 130 años, de los abusos de las clases dominantes y que se vuelven lo mismo que dicen odiar, los trabajadores se entregan a esos seres divinos, elegidos "libremente" de entre sus propias filas, sangre de su sangre y compañeros de sudor al que defenderán a capa y espada, con la vida si es necesario, porque los guía por el camino de la hueva encumbrada, de los días de asueto, de los días económicos, los protege del maldito explotador, del asesino de trabajadores, de aquel que nunca ha tenido que romperse el lomo trabajando, de ese bofo ser, tan ridiculizado por los muralistas, por 71 años de gobierno priista que siempre fajó y cogió con líderes sindicales en colchones hechos de el esfuerzo de otros. Los cuasi sacerdotes de esas deidades políticas pueden dedicarse a vivir tranquilos, sabiendo que nunca más volverán a sentir hambre, necesidad o a tener que trabajar en su millonaria existencia.

Los hijos de Aztlán se desviven por entregar su devoción, su esfuerzo y el empeño de sus días laborales a mantener contentos a sus líderes. No importa lo que sepan, seguramente en secreto, esperan que un día ellos o sus hijos logren escalar el Olimpo y posicionarse en ese nicho de corrupción que facilite la existencia de generaciones de descendientes. No importa los riesgos o las máscaras de venganzas que pueden encarcelar un tiempo al divino ser, que conservará sus cuentas privadas y al salir podrá seguir pagando la renta en los campos elíseos. 

Los hijos de Aztlan peregrinan eternamente esperando al ser que los guíe, no importa si ya entambaron a uno, si detuvieron a la otra, si uno está fugado... La promesa de ese puesto, de ese lugar entre los dioses los mantiene en un movimiento perpetuo de ir y venir no importa si hay que comer serpientes entre espinas y ortigas... Total, a todo se acostumbra uno, menos a trabajar y esforzarse por si mismo.

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