La Vida Moderna -Lo malo de traer las orejas puestas (y los ojos y la nariz y la piel y una imaginación hiperactiva)-


-¡Estamos hechos pa'coger y no pa'entendernos!
- Ah, ¿le cae?
-¡Neta! Pura mamada que dicen ahora...

Así le iba diciendo un señor entrado en años a un hombre/chavo de unos veintitreintaytantos que viajaba con él en el pesero. Obvio me pareció indignante y meneé la cabeza en señal de disgusto y molestia, típico del hombre (de género) el minimizar las relaciones a puro sexo. Me bajé del pesero aun con la indignación colgada de la mochila y mientras caminaba a casa la tarde, los sonidos, las nubes y el olor a lluvia futura me hicieron olvidar el asunto y desear estar en otro lado, cogiendo con alguien.

¡Vaya tarde! Sí que estaba como para entrepiernarse sin descansar, sin palabras de por medio.



-No, no te la voy a comprar y ya te callas.
-¡Má! ¿Por qué? Es un juegoooooooooo...
-Eso crees, la ouija es cosa del diablo, llegando a la casa le preguntas a tu abuelita lo que les pasó cuando la jugaron.

Seguramente hubo una epidemia de ataques diabólicos hace algunas décadas de los cuales no se le puso al tanto a los diarios y los que la santa madre iglesia ha callado estoicamente desde entonces. En este país no hay una abuela, tía quedada, o una historia de ellas, que no haga hincapié en los daños irreversibles que la ouija ocasiona. No sólo llama al diablo, no, la ouija llama también a la muerte, a la pobreza, a la guerra y al hambre, a los asesinos, ladrones y estafadores profesionales, a toda clase de espíritu maligno que ronda por el éter, a los inspectores de Hacienda, los servicios de cobro de los bancos, secuestros express, fallas en el wi-fi casero y caidas del sistema bancario cada que el jugador de ouija asiste a realizar algún pago urgente.

Mi abuela tenía una ouija, toda envuelta en bolsas negras con ligas, cordeles y con estampitas de santos pegadas por todos lados -sí, lo sé porque tuve que hacer circo, maroma y teatro para poder abrirla y jugar al estúpido juego ese que ni llama al diablo ni da respuesta alguna-.



-¡Ay, no! Claro que no se la chupé, la tenía muy apestosa y babosita.
-¡Callate, marrana! Que asco...
-Sí, me dio guacalita y ya no le conteste ni le mandé mensajes.

Así platicaban dos pequeñas adolescentes en el metro. A mí y a todos los que alcanzábamos a escuchar se nos salían los ojos, aunque me imagino que por diferentes motivos; yo quería apartar de mi mente la idea de algo apestoso y babosito, que se negó a chupar, o sea, ¡EW! Las dos señoras de los asientos contiguos, ya un tanto mayores (ellas, no los asientos), con sus caras descompuestas, las miradas de ira y los comentarios en voz baja, culpando a los padres, a la tv, la radio, el uso de los celulares, la computadora, la vida moderna, la falta de educación, el exceso de información, la falta de valores, bueh... ¿Qué les digo?, parecían implorar que en ese mismo instante comenzara a llover azufre y armarse un jaleo que benditas Sodoma y Gomorra. Sólo el chavo que iba junto a las adolescentes tenía desorbitados los ojos por un motivo muy claro que no lograba disimular y había olvidado mantener una flacidez socialmente aceptada.

Evidentemente, más que salir del vagón del Metro, esa tarde escapé de él; de la imagen asquerosa fue mucho más difícil ya que no hubo nada en la calle que me alejara de esos pensamientos, la cuadra entera estaba llena de tacos, tortas y comida callejera, rebosante en carne grasosa y de olores peculiares.



-¡No mames, casí me muero!
-No inventes güey, no seas chillón, eran unas pinches arañitas.
-Sí pendejo, pero eran como mil, no chingues, se me treparon a mí no a ti. Todavía las siento caminándome en la piel; todavía, la semana pasada, me encontré varias muertas dentro de la mochila.

Lo peor es que yo tambien comencé a sentirlas, como si desde de la mesa de al lado, en donde los dos fulanos platicaban, hubieran dejado escapar un contingente de arañas que rápidamente encontraron en mí el lugar ideal para trepar; la piel me hormigueaba y no tarde en empezar a soltar manazos y a rascarme con urgencia. La mesera se acercó a preguntar si necesitaba algo, muerto de pena y comezón le dije que todo estaba bien, le pedí la cuenta y me marché bailando una tarantela. Por la calle iba evitando árboles y desprendiendo telarañas imaginarias de mi cara. Ya me había pasado con anterioridad, cuando trabajé formateando imágenes para el curso en linea de Dermatología Pediátrica, más de 400 imágenes de hongos, infecciones, lesiones, erupciones y toda clase de manchas y sarpullidos que pueden plagar la piel y las mucosas. Me rasqué por meses, me revisaba la lengua y la nariz y las orejas y las comisuras y las articulaciones y los dedos y pies y eso ya no era vida. Menos mal que esta vez eran arañas, diminutas, por lo que no pensé en la posibilidad de que fueran venenosas, si no habría comenzado a boquear y a sentir asfixia. Me detuve a pensar un momento y me reí de lo absurdo que era, sin darme cuenta de la araña que bajó desde las ramas de un árbol y que unas cuadras mas adelante me hizo gritar, como gritamos los hombres tomados por sorpresa, con brincos y manoteos y un baile frenético que terminó con el cadaver del pobre bicho embarrado por todos lados.


Por eso pido su comprensión, no es que sea antisocial, no, para nada; es por eso que procuro no salir de casa si no llevo los audífonos. Un poco de aislamiento no nos viene nada mal a mi mente y a mí (y pensándolo bien, a todos los que me rodean). 



Comentarios

Anónimo dijo…
qe cosas escribes XD ¡¡
BehindYourMirror dijo…
Que fría es la tristeza y sombríos los recuerdos de lo que se tuvo entre las manos y por cobardía se dejó ir.
Que estremecedora la helada sensación que en estos momentos te recorre desde las sienes al corazón por pensar...
¿Acaso fue él su autor?

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