La Vida Moderna -futuro-

De niño yo si me compré la idea de que el futuro iba a ser fantástico, idéntico al Krypton que leía en los cómics de Supermán (anteriores a John Byrne).

Que decepción.

O sea, dejen de lado la idea de los coches voladores, de los jetpacks y de cuantimadre nos hacían creer que existirían nomás con cruzar el umbral del año 2000. Sí, hay pinchemil gadgets poca madre que ni nos esperábamos, máquinas de diagnóstico maravillosas y el mundo, prácticamente, lo tenemos al alcance de la mano; de entre todas las cosas que no llegaron hay algo que no supero, algo que, de alguna forma, me duele. Ya algunos ingenuos escritores de ficción predecían un mundo utópico, poblado de seres inteligentes que, gracias a la tecnología tenían resuelto todo y podían dedicarse a cultivar la mente y los sentimientos nobles (lo cual refleja que aparte de ingenuos eran megañoños); otros, sin ingenuidad, predecían un mundo distópico, apocalíptico en el que la humanidad carece de lo más básico sin necesidad de zombies, vampiros, extraterrestres o virus malignos, lo peor que le puede pasar al ser humano, es el ser humano mismo (lo cual refleja que no ser ingenuo no quieta lo megañoño).

Obvio, estamos más cerca del mundo distópico que de cualquier utopía (esta última la creía más posible, iluso que es uno de niño).

Pareciera que, conforme avanza la tecnología, la inteligencia humana se reduce, cosa que verdaderamente dudo, lo que quiero resaltar aquí es la palabra pareciera. Tal vez por cuestiones evolutivas hay más tontos que genios, y a mayor población los genios quedan relegados a ser posibilidades en un mundo en donde la realidad está cimentada en el las acciones aberrantes, anacrónicas, ilógicas y aterradoras que comenten(mos) el resto que no ganaron en la tómbola genética para tener un cerebro más capaz.

El avance del pensamiento mágico/religioso no tiene miras a detenerse, al contrario, cada día surgen más y más ideas que apelan a un poder superior que gobierna nuestras vidas, ya sea un dios, un poder cósmico, la energía que emana de nuestro mundo o inteligencias ajenas al planeta. Vemos el resurgir de intolerancias en nombre de dios, no importa que nombre tenga, lo importante es limitar la libertad y el albedrío de las masas (dioses siempre se meten en la cama, en la mente y detestan a las mujeres); pensar que hay explicar que la Tierra no es plana, ayudar a entender a la gente que con oraciones, imanes, buenos deseos y friegas de alcohol alcanforado no se cura el cáncer, que no hay conspiraciones universales a favor de nadie y que la luna en la séptima casa tiene tanto sentido como limpiarse la nariz con kleenex bajo el agua, todo eso se me hace tan retro que espero enterarme de la construcción de nuevas pirámides para adoración del Sol y su representante en la tierra.

Suponía que la inteligencia nos libraría de la superstición.

La corrupción aumenta, ya no sólo en los países pobres y poco desarrollados como el nuestro (rico en recursos pobre en honestidad), hasta en el país más poderoso cualquier payaso experto en trampas y negocios sucios puede llegar al poder; qué podemos esperar de gobiernos que lo único que necesitan son unos centavos para manipular la ley y da lo mismo dejar escapar del castigo un ladrón de miles de millones que a un violador y que a un asesino. El poder se llena de listillos, no de inteligentes (si lo fueran, aparte de robar, se darían el lujo de pasearse libremente sin necesidad de huir como los Duartes y otros tantos) que buscan la satisfacción inmediata de carencias que han padecido toda su vida (unos se conforman con robar paquetes de papel bond en oficinas para revenderlos y otros apenas con dejar encuerado un estado completo) para lo que se aseguran de tener amigos entre legisladores para que retuerzan las leyes para crear agujeros que les permitan pasar camellos y elefantes frente al pueblo entero que prefiere ocuparse de ver cómo le hacen para no pagar multas, sacar chueco un trámite o esperar al mesías que les dará todo de a grapa.

Pensaba que la inteligencia ahuyentaría la corrupción.

La pendejez es otra de las cosas lamentables, ver como la gente se agrupa y divide en torno a cosas que sin la extrema exposición de las redes pasarían completa y absolutamente desapercibidas (cosas comunes y corrientes que suceden a diario y en todos lados). Ya no me queda claro si la Internet apendeja, si uno hace uso pendejo de la red o si hay un 50/50 entre ambas posibilidades. Cualquier tarugada puede volverse la sensación del momento, desde un borracho explicando incoherencias hasta una adolescente con ganas de niniar, los a favor y los contra dividen y enemistan, a veces más que los enfrentamientos deportivos o políticos; sin duda un reflejo, una imagen de espejo tan perfecta o imperfecta que hace olvidar que dar tanta importancia a un desconocido es tan útil como un agujero en la nuca, que nuestra capacidad de reconocer estafas siempre está en ceros y que más que inteligentes somos crédulos.

Esperaba que la inteligencia nos abriera los ojos.

La enseñanza se pierde entre vericuetos legales, sociales y sensibleros, los niños se estresan y los maestros se repliegan, no pueden calificar bajo porque lastiman autoestimas; los estudiantes no pueden perder, deben ganar y ser premiados sólo por participar; que nada se les exija, que nada les azuze, que pasen por la escuela y ojalá aprendan.

Me imaginaba planes de estudio que favorecerían el desarrollo de la inteligencia, exigentes y justos.

Bueh... De plano, esperaba que hubiera inteligencia.

No he sabido qué explicarle a mi yo niño, al que esperaba esperanzado un futuro chingón y radiante lleno de gente sabia y justa. No sé qué decirle, tal vez que nunca logramos (él y yo) ser inteligentes como los demás y que el mundo nos rebasó y ahora no entendemos un pito de lo que pasa; que cada día nos adentramos más en el futuro y veo con cierto malestar que de poco nos servirán avances y descubrimientos si lo humano va, no retroceso, sino de lado, trastabillando con una especie de miedo, como si no hubiéramos tenido el desarrollo intelectual y los huevos suficientes para dejar los árboles y ponernos de pie para enfrentar a la naturaleza y todas sus huestes. ¿Qué nos pasó? Qué tiene este futuro que nos a frenado, que nos pide imponernos limitaciones intelectuales, emocionales y éticas. Tal vez haya que volver al árbol, en silencio, sin entender cómo y hasta dónde llegamos y en un acto de modesta inteligencia buscar el futuro al reandar nuestro camino hacía el pasado.

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