La Vida Moderna —El origen de los orígenes—

El mito del ombligo mexica y la paradoja del desarrollo prehispánico

Todos los mexicanos juran ser descendientes de mexicas, pero lo que no saben es que, seguramente, sean progenie de españoles y: tlaxcaltecas, texcocanos, huejotzingas, cholultecas, chalcas, xochimilcas y/o totonacas.

Claro, genéticamente no había diferencias entre los primeros y sus antagonistas prehispánicos; los únicos con diferencias marcadas eran los totonacas, que tenían una mezcla de nahua y maya (particularmente de Campeche).

La paradoja del Neolítico perpetuo

Tal vez la homogeneidad de las etnias, vivir en un verdadero paraíso que les cubría todas las necesidades, y las distancias cronológicas y geográficas, ayudó a que la evolución cultural se ralentizara conforme avanzaba el tiempo. Esto congeló a todas las culturas prehispánicas en un periodo neolítico perpetuo que se expandió sobre sí mismo, dando origen a un sinfín de avances paralelos, muy diferentes a los avances frontales de las culturas al otro lado del mundo.

En el 4000 a.C., en ambos lados del mundo empezó una revolución que permitió a los seres humanos pasar de ser cazadores y recolectores nómadas a sedentarizarse. La domesticación de plantas y animales permitió el establecimiento de aldeas que más adelante darían origen a grandes civilizaciones. La diferencia en este lado del mundo sería el tiempo.

Dos respuestas al entorno: Hacinamiento vs. Urbanismo abierto

Así, en el Creciente Fértil los avances fueron continuos y desenfrenados, esparciéndose por todas las zonas aledañas y alimentándose de los descubrimientos de otras culturas, a veces por comercio, a veces por guerras.

Mientras tanto, en la América prehispánica los avances fueron lentos. A pesar de que los conocimientos se compartían o heredaban, la presencia perenne de espacios paradisíacos les permitía abandonar ciudades tras colapsos ambientales o políticos, emigrar a mejores lugares y desarrollar nuevos espacios urbanos, siempre mejorados y, en veces, superiores a los enclaves europeos, especialmente en trazo urbanístico, sin necesidad de grandes murallas y con grandes espacios abiertos.

Al otro lado del mundo, se esforzaban por una permanencia que los obligaba a encontrar soluciones innovadoras, generando lugares habitados durante cientos de generaciones, construyendo sobre sus propias ruinas y presas de una vida de hacinamiento insalubre.

Con esto no quiero decir que una o la otra sean superiores; ambas evoluciones culturales fueron resultado del esfuerzo humano en condiciones favorables y adversas, reflejando el entorno y la vivencia particular de los peligros que enfrentaban. Así, cada rincón del mundo creció en torno a sus necesidades y carencias.

El frondoso árbol de la guerra

Cada continente tuvo que vivir sus propias guerras y conquistas, siendo más frondoso el árbol de las guerras en Europa, Medio Oriente y Asia, ya que cada rincón poblado ansiaba más territorio, más poder y recursos. Así como en biología impera la necesidad de lograr una superioridad genética, culturalmente existe ese imperativo para diseminar el conocimiento filosófico, teológico, ideológico y la supremacía de un solo grupo. Al multiplicar esto por cada grupo humano, tienes la semilla perfecta para el crecimiento de un árbol inmenso.

La futura América presentaba las mismas actitudes, pero con menos grupos, menos habitantes y grandes, muy grandes distancias entre los variados asentamientos humanos; pero eso no evitó conquistas, guerras y la supremacía de los grupos más poderosos.

El desenlace inevitable

Gracias a esa sed de poder fue que en diferentes épocas, de forma inadvertida, se empezó a gestar el nacimiento de una nación europea, crisol de sangre e ideas milenarias, que llegaría al continente "desconocido" hasta ese momento.

Ahí se enfrentaría al poder hegemónico que posó sus reales sobre diversos pueblos que, hartos de su sometimiento, darían la mano al poder recién llegado... y la historia del mundo no sería igual.



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