El Picahielo

Sin temor a ser descubiertos se atrevieron a bajar jocosos por las viejas escaleras; nunca antes lo habían hecho, ella nunca lo permitía, pero ahora todo era diferente. El sol brillaba muy por encima de ellos, su intensa luz los bañaba desde las alejadas ondulaciones de los gruesos cristales del polvoso tragaluz.

A lo largo de la escalera fueron encontrando toda clase de objetos, nuevos para ellos, que sus curiosos ojos devoraban llenos de asombro, los mordían y arrojaban, así rompieron bolsas de basura, cartones y retazos de madera. Sus gargantas dejaban escapar algo parecido a la risa con el sonido de las cosas al estrellarse pisos abajo. El más pequeño encontró un hato de periódico y desgarrándolo a mordidas se lanzó escupiendo pedacitos por toda la escalera.

Llegaron por fin a la planta baja, los rayos del sol formaban figuras caprichosas sobre los empolvados mosaicos; ahí encontraron mas periódicos y cartas, que los hacían emocionarse viendo las pintas de tinta que no reconocían como letras. En un alejado rincón oscuro brincotearon alegres en un charco de agua formado por una sonora gotera de una oxidada tubería. Ella nunca les permitía jugar con agua, aunque sabía, perfectamente, que les gustaba.

Excitados detuvieron sus juegos, cuando oyeron el chirrido metálico de la raspada puerta del zaguán; mientras ésta se abría, en loca carrera entraron miles de sonidos callejeros; esos sonidos que siempre les llamaron la atención, haciendo imposible que ella los pudiera mantener lejos de las ventanas, fue cuando los enjauló y mandó tapiar las ventanas, pero siempre encontraron la forma de escapar, hasta que los amordazó y amarrados los encerró en un viejo arcón, para que nadie los oyera o pudieran encontrarlos jamás.

Gritando, enloquecidos de alegría, entre gritos y risas, aullidos de triunfo y gruñidos, se escaparon en tropel a la bulliciosa calle, dejando de lado a una mujer horrorizada que no paraba de gritar mientras abrazaba a un pequeño niño lívido que nunca volvería a dormir tranquilo.

Arriba, desde la puerta destrozada del último departamento, el fétido aroma de la muerte comenzaba a confundirse con el polvo, la humedad y los cálidos rayos del sol.

Comentarios

El Enfermo dijo…
Ay que susto! Hasta pareciera que escribes de algunos sobrinos tuyos... pero desos que viven en Gualajaras
Capitan Frio dijo…
Ah no... aun no tengo el estómago para escribir semejantes atrocidades. Ni yo puedo ser tan cruel y caer tan bajo.

¡El horror!

¡El horror!

¡El horror!

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