¡MADRES!

... Si lo se, se me fue el día y no escribí sobre las madres -¿o debo decir Madres?-.

No es tarea fácil, ya que en México no hay nada más importante y que valga menos que una madre. Claro, todos amamos a nuestras madrecitas y nos rodeamos de madres que nos la recuerdan y le mentamos la suya a quien nos la recuerda.

El diez de mayo es EL DÍA de la MADRE, hasta gente que uno sospecha que nunca tuvo, confiesa recordarla o por lo menos visitarla a escondidas. Cuánto político, líder sindical, empresario o árbitro, no se fugarán a ver a la autora de sus cochinos días cargados de regalos culposos, para poder verla y hacerse de la vista gorda, fingiendo demencia, sin aceptar que, gracias a sus réprobas acciones, son, sus madres, las mujeres más famosas del país. No hay un mexicano que no se las recuerde, a chiflidos, a grito pelón o en resignado silencio. Claro, nadie puede saber cuantas de esas mujeres no están de acuerdo con las actitudes malandras de sus vástagos.

Pero para el resto del país, para los millones de mexicanos que vivimos un sano anonimato, que podemos llegar con nuestras madres y sonreírles aun, sin temor a que un paparazzi las fotografíe para adornar algún pasquín dizque político de crítica y verdad (acá entre nos, cada día les tengo menos fe), el diez de mayo es motivo de fiesta -aunque las madres anónimas son las que pagan las consecuencias de las acciones de todos los puercos (luego dicen qué de donde salió la influenza) políticos y empresarios-.

Con sueldos de risa y tarjetas de crédito en terapia intensiva, el vulgo se lanza en todas direcciones para conseguir lo que sea para la dichosa mujer que les dió el ser. No importa que tan serio se quede el sueldo ni cuanto tiempo pase en coma la tarjeta de crédito. Lo importante es ver a la madre sonreír y disfrutar -aunque sólo una vez al año- su día.

La bendición de ese día dura minutos, ya que la sacrosanta mujer debe arreglar la casa, si es que los hijos van a visitarla - o es otra madre la que batallará arreglando una casa ajena primero para ir a hacer lo propio en la suya-, debe estar lista, sin importar dolores o penas para recibir hasta la nuera o el yerno que va arrastrado al compromiso y que aun antes de bajarse del auto ya le mentó la madre al hijito(a) mas de diez veces.

Doña Pinita, ilusionada, a la diez de la mañana se arregló y se puso en pose de odalisca para recibir la merecida adoración, para las cuatro de la tarde, su ilusión era una pesadilla, el yerno ahogado en alcohol, ya estaba impertinente sacando los trapos de la Pinitita delante de todos los familiares, dos de sus nietos ya habían terminado de embarrar pastel en las paredes mientras sus padres discutían de fútbol y mentaban madres a voz en cuello. Para las ocho de la noche, la pobre mujer no sabía como sacar a sus hijos del festejo y francamente se preguntaba si valía la pena pensar en irse de viaje el año que entra. Cuando vió partir al último de sus engendros, suspiró aliviada y maldijo a su difunto esposo por haberse pelado antes que ella.

Mónica casi no había dormido emocionada, esperando las primeras mañanitas como madre, el pequeño Robertito tiene pocos meses de haber llegado al mundo y este sería su primer diez de mayo. Cuando sintió que Roberto se levantó sigiloso en la madrugada -o sea, que hizo más ruido que un regimiento en batalla y más de seis veces le preguntó donde estaba algo-, su corazón se agitó feliz al pensar en el enorme ramo de flores, el regalo y los besos y apapachos que le daría al volver. Cuatro horas después regreso Roberto con un ramo de flores que hizo palidecer a los alcatraces de Rivera, con lágrimas en los ojos corrió a abrazarlo y éste le gritó -¿No estás lista? ¡Mi mamá nos espera a las 12 en punto!- y señalando el enorme ramo agregó -Hay que conseguir un florero grande, son para mi mamá-. A partir de ese momento, la crédula Mónica supo lo que le esperaría cada diez de mayo y pensó en prenderle veladoras a la llorona.

Eufrosina se ha matado todo el año vendiendo quesadillas -menos los días de alerta por la influeza- y espera tener un día tranquilo. Como cada año, su marido no está, seguro esta ahogado en llanto en la tumba de su madre, con dos botellas de tequila vacías a su lado. Yovani Yonatán, no logró el perdón y seguirá en el reclusorio por dos años más, la Flor Ibón, se embarazó y se dió a la fuga con uno de sus novios, por lo que no regresará a casa hasta que nazca su tercer hijo -los otros dos los dejó encargados con la tía Berenice -y el Chepo ya le llamó para decirle que puede pasar por su dinero a Electra para que se compre lo que le haga falta. Feliz y sin parientes se pone su delantal de cuadritos rojos y se lanza a comprar un monedero nuevo y una charola con vasos de plástico. Lo que le quede del dinero lo va a guardar para sacar de apuros al taradito del Alan Cristofer, que no ha aparecido en cuatro días, lo que le asegura que será necesario dar mordidas o pagar un abogado.

Es México, sin duda, un país de poca madre, ya que tiene muchas. Fuertes, débiles, luchonas, dejadas, abandonadas hasta de ellas mismas, profesionales, enormes, entregadas, egoístas, machistas, misóginas, adorables, detestables -como villanas de telenovelas o lideresas sindicales-, blandengues, celestinas, compañeras, leales, santas, brujas, reinas, brutas, regias, bribonas, enteras, saludables, amigas, sabias, locas, duras, suaves, cómplices, acusadoras... Madres al fin y madres desde el principio. Lejos de la madre se sufre, a su lado también, un regalo suple al tiempo, un flor, los abrazos, cualquier cosa con precio es una súplica de perdón disfrazada de un "te lo mereces todo", aunque no te vuelva a ver hasta el próximo año.

Atrapado en un "a vuelta de rueda" sobre Tlalpan veo más madres que nunca, algunas sonríen, otras arañan los vidrios de la portezuela con una mirada de ruego -da la impresión que preferirían estar en el circo romano y no camino a casa de la suegra-. Algunos esposos les sonríen, otros van manoteando, algunos van indiferentes, mientras los hijos van en el asiento trasero creando mundos o llamando por celular para fugarse del momento. Yo volteo a ver a mi madre, ella es de las que van sonrientes. Suspiro, por lo menos este año lo logramos y esperamos que el que viene sea mejor. Su sonrisa siempre vale la pena, no por nada, la mía, es la mejor MADRE DEL MUNDO.

Comentarios

Anónimo dijo…
Tan guapo y con una redacción impecable! Saludos desde Saltillo, Coah! ;)
El Enfermo dijo…
Jijiji... escribes hartas madres... y tanta madre que describes... pero como siempre, con la boca llena de tu razon (no puedo hablarle de usted aunque sea mi tio, jijiji). Aunque tengo que estar de acuerdo contigo, tu madre es la mejor del mundo, porque ella es la madre de la mia, la que pongo entonces en un muy honroso segundo lugar. Cuida mucho a tu cabecita de algodon!

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