La Vida Moderna -Sexo-

Gustavo se considera el mejor cuando de sexo se trata. Las trae muertas. Lo sabe, lo disfruta. No hay fiesta en la oficina de la que no salga acompañado -furtiva o abiertamente-. Es el galán burocrático por excelencia, no trabaja, seduce, come sano, va al gym todas las tardes -a veces antes del hotelazo, a veces después-, siempre cumple, no hay mujer insatisfecha después de conocerlo. Su camisa abierta que enmarca una medalla de la virgen con una marialuisa de piel morena y vellos negros. Su cinturita y las nalgas duras enfundadas en mezclilla que menea cada que escucha música grupera, sus botas vaqueras de piel de serpiente que lo obligan a caminar como si tuviera los huevos entre paréntesis. Pero es la argolla de matrimonio lo que lo vuelve irresistible, las enloquece engañar, tener chance de jugar, de mentir, ser cómplices compartidas, casi todas sus amantes conocen a su esposa, la tratan con familiaridad de amiga, saben que, como ella, todas han guardado el secreto de Gustavo entre sus piernas y otros lugares.

Gustavo siempre seduce igual, tiene un plan inalterable, y todas caen, vírgenes caducas, nuevas, solteras, casadas, viudas, mayores y apenas legales -no son escrúpulos lo que lo mantienen lejos de urgidas y desesperadas. Sabe, perfectamente, que son conflictivas, un navajazo y muchas amenazas le enseñaron suficiente-. Todas ceden ante su sonrisa perfecta -acomodada y blanqueada por una ortodoncista que le dejo el trabajo en cómodos pagos semenales, decía ella-. Dos o tres piropos, seis, si la chica no cae de inmediato, guiños y un arrimón al bailar.

Gustavo se desnuda completamente en el hotel -o en casa de la afortunada en turno-, comienza por quitarse la camisa -y con ella a su esposa que la planchó amorosa y a su madrecita santa, que siempre concibió sin pecar, que le planchaba antes-, las botas y calcetines -para que, en caso de olvidar que la que está con él, es hermana, madre, esposa o hija de alguien, sus pasos sean siempre ligeros y poder huir sin hacer ruido-, el pantalón -con él deja de lado a todos los amigos y parientes a los que les debe tantas mujeres- y al final, los boxers -alejando, agradecido, a su padre que siempre le dijo que mucho no es bastante ni suficiente-. Después se quita la medalla con un beso -y con ella se quita toda la poca fe que tiene en su religión, en el infierno, en los castigos y los pagos extemporáneos-, y la pone en un cajón o entre sus ropas enredando la cadena sobre la medallita -ocultándose con cada vuelta de cadena a dios padre, espíritu santo, Jesús, a su santa madre, a todos los ángeles y santos de los que ha oído hablar-. Finalmente, desnudo en todos los sentidos, hace el amor lejos de cualquier fuente de culpa o reproche.

Susana lo ha acompañado varias veces al hotel, Susana no es virgen ni mucho menos, está en pleno divorcio, sola y vulnerable, sin hijos. Se siente enteramente desnuda frente al mundo real. Por más que se cubre -chales, suéteres, rebosos, gorritos, sudaderas sobre camisetas de algodón, etc.-, siente que todos ven su vulnerabilidad a través de sus ropas, de sus poses de vale madres y su actitud de liberación absoluta. Aun se aterra al ver a Gustavo desnudo frente a ella y él ama ver su reflejo en esos grandes ojos cargados de culpas.

Susana siempre intenta desnudarse en el hotel. Pide que se apague la luz -a pesar de su cuerpo perfecto-, entonces empieza su ritual, la blusa primero -y se cubre con el manto de su agobiado padre, siempre cansado y sumiso-, libera sus senos del sostén -que rápidamente son presas de las frías manos de su madre iracunda e histriónica que le dice: zorra y golfa-, deja caer el pantalón -entonces siente la ardiente mirada acusadora y cargada de reproches de todos sus antiguos amantes que siempre la acompañan a la cama- finalmente y con pesadez, casi mecánicamente y sin pensar, se desnuda por completo -es en ese momento en que la procesión entra en el cuarto, la virgen dolorosa ocupa la cabecera, Jesús crucificado en el espejo del techo mirándola fijamente, santos y mártires la rodean para orar por su alma condenada a la perdición, a los pies de la cama llamas arden perennes, aumentando conforme su cuerpo se excita, pavimentando el camino al infierno-. Gustavo ama esos momentos, oliendo el miedo, bebiendo angustia, briago de una culpa ajena completamente suya por derecho de seducción. Así Susana se convierte en Mónica, Lola, Arlette, Mireya, Esperanza, Juanita, Consuelo, María, Refugio o Guadalupe. Todas presas suyas, todas deliciosos placeres aderezados de culpa. Siempre se despide con un profundo beso a ojo abierto para ver, al final, ese reflejo suyo que tanto le satisface.

Hoy Gustavo salió corriendo semidesnudo del hotel, besando su medalla, perseguido por el administrador y por una imagen que le arderá en la mente por siempre, la imagen de Janet, la chica de intercambio, la pelirroja más deseada, la que con la luz prendida se despojó de todo, la que se desnudó como él. La que en sus ojos no tenía asomo de miedo o culpa, sólo el reflejo de sus propios deseos flotando en el vacio.


Comentarios

¡Zaz! ¿Así es la cosa con los católicos mexicanos? Y yo que me quejaba porque el PIB (producto interno bruto) no me pela... qué bueno que no me pela -jajaja-. Qué flojera, al menos los que me plancho no andan cargando con culpas de ese tamaño (su equipaje lleva otros rollos)
Felicidades, muy ilustrativo. :)
Pily dijo…
De todo hay en esta viña del señor...
Chale Capi, esta entrada me hizo recordar una frase:

El destino puede seguir dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos y cumplirlos plenamente. Henry F. Amiel

Y pesar que esa historia se repite en cada oficina de este mundo jajaja.

Besos

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