La Vida Moderna -vivir mata-

La única certeza que nos da la vida desde el momento de la concepción es que, tarde o temprano -de alguna forma o de otra-, al terminar la misma, estaremos muertos.

Por más que le duela al ser humano, tenemos las mismas posibilidades de vivir o morir que cualquier bacteria, planta, insecto, pez, reptil, ave o mamífero. Si, no importa cuantos dioses o diosas inventemos para que después nos reinventen, no importa cuantas veces nos tratemos de convencer de ser sus hijos favoritos, de ser los dueños del planeta, de ser superiores, porque en realidad caminamos día con día -junto con los demás seres vivos, simples y complejos- hacía la muerte.

Desde antes de nacer somos de los seres más frágiles de el planeta - y no se ya diga después de-, ya que dependemos de los cuidados maternos por años, mientras que otros seres "menos" consentidos de dios, requieren pocas horas para que sus crías caminen al lado de la madre, se trepen a un árbol y muy pocas semanas para que -algunos- puedan alimentarse solos, huir en caso de necesidad y hasta reproducirse. Ser hijos favoritos de dios pocas ventajas nos da contra la naturaleza -y demasiadas obligaciones con el dios-. Basta ver cuanto tardan unos patitos en brincar de un árbol y caminar hasta el agua y salir nadando detrás de su madre -no hagan el ejercicio comparativo real, por favor- y compararlos con un ser humano que resiste mucho menos y se tarda mucho más y todo para que termine corriendo detrás de una pelota o comiendo caca de perro en el patio de la casa.

Desde que nos encontrábamos trepados en los árboles -aunque les duela a los creacionistas- y aun estando más cerca de la naturaleza, ya nos cargaba el payaso por nuestra debilidad física, ya fuera por caer de una rama, por la mordedura de algún insecto, al buscar comida -entre tanta mugre lo que no resultaba venenoso era alucinógeno- o comidos por depredadores más grandes, fuertes y rápidos, ante los cuales poco podían hacer nuestros débiles ancestros -soltar un gas o algo del relleno antes de expirar en las fauces mortales-. La lucha por conservar la vida era un tanto desigual y estaba por ponerse peor.

Con el paso del tiempo, y un cerebro más evolucionado -jijiji, jajaja, jojojo-, logramos hacer armas para que los depredadores y otros animales más comestibles nos hicieran los mandados, pero más fue el lento andar para llegar a ese punto, que lo que nos tardamos en darle cran a otro chango para demostrar superioridad, así, ya no sólo nos mataban bacterias, virus, plantas, los elementos, animalotes... ¡nah! Ahora en la lista estabamos nosotros mismos.

Poco a poco, el humano tomó consciencia de las estaciones y con esto, de el paso del tiempo y de lo corto de la vida, la fragilidad de esta y entonces la envidia y el coraje nos dominarón. Desarrollando el cerebro y las emociones cada vez más especializadas -las ganas son el camino al amor, el deseo lleva a la posesión, la posesión al encariñamiento, el encariñamiento al amor, el amor al "ya te chingaste", de ahí derechito a la necesidad, el abandono, la soledad y al sufrimiento y vuelta a empezar, etc-, nos moriamos del coraje de ver que éramos los únicos animales pensantes -según- y que no quedaba huella de nuestro paso, de nuestras angustias, miedos y pesares, alegrías, triunfos y amores. No... no quedaba nada -por eso aprendimos a dibujar y a escribir, nomás para poder grafitear cuevas y vandalizar los parques y monumentos nacionales- inventamos que los dioses nos crearon para poder sacarle la lengua a los animales pretendiendo engañarlos con falsas escrituras para adueñarnos de tierra y de sus propias vidas. Nos volvimos tan pequeños y frágiles que hasta de sentir morimos.

Con cuerpos cada vez menos especializados, ahora había que cubrirlos -y luego al dormir se ahoga uno si gira a un costado de la cama-, proteger a la familia construyendo viviendas -con material peligroso en diversos casos, trampas mortales ante un terremoto, una inundación, un tornado, etc.-, cultivando -con herramientas peligrosas-, cosechando -con herraminetas más peligrosas-, buscando formas de gobernarnos -creo que de las formas más riesgosas de buscar la muerte-, haciendo guerras -¿obvio o lo explico?-, adorando dioses que -a veces- sólo aplacaban su ira con vidas humanas, en fin, que el periplo hacia la muerte se fue complicando tanto que morir se volvió muy fácil -¿no es irónico?-. Pasamos del crunch al cuas en pocos siglos buscando la forma de evitarlo. Ahora las probabilidades de ser comido eran mínimas, pero las de morir en un accidente, ser asesinado, sacrificado o por la simple gana de un sicópata eran -y son- mucho mayores.

Nuestros estómagos se volvieron maquinas de digestión exquisitas y en contubernio con el gusto, el olfato y la vista dejamos atrás la comida natural para complicarla, sazonarla, arreglarla -como dicen en Guadalajara "¿te arreglo la ensalada?"-, etc., sólo con el logro de provocarnos deliciosas muertes dolorosas. Placeres asesinos. Ahora hasta el calor del deseo daña, embaraza, enferma o mata. La misma busqueda de la salud hace estragos y la medicina que cura la enfermedad daña. Lo mismo con actividades menos sacras como el trabajo -el trabajo es, en extremo, peligroso para la salud-, el pensamiento -y más si es ocioso-, el deporte -como en el caso de la selección mexicana, verla jugar puede matar de un disgusto-, el arte -saber cuanto gana en becas un favorito de alguien puede causar aneurismas cerebrales-. No hay acción humana que no lleve un riesgo mortal y aunque mucho se nos venda el concepto de la vida más allá de la muerte, la reencarnación, la resurrección y demás cosas que no se ven en la naturaleza como tales y sólo son aferraciones -aun no comprobadas- de mentes insatisfechas con el poco tiempo que se nos da para ser y que se desperdicia sin ser ya que buscamos hacer todo lo que nos imponemos para poder decir que vivimos en el camino hacia la muerte.

Finalmente no hay nada que nos salve de morir, más que la muerte misma. Una vez entre los frios brazos de la huesuda descansaremos a salvo de los muchos peligros que conlleva la difícil tarea de vivir.


Comentarios

Pily dijo…
Porque cada dìa vivimos y morimos...
Vamo viviendo y muriendo cada dìa.

Enrique, 8 años de edad.
Capitan Frio dijo…
Ahora corre y escóndete bajo la cama...

Tu hijo es muy inteligente...

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