La Vida Moderna -vejez-

"Don't tell me not to live, just to sit and putter; life's candy and the sun's a ball of butter. Don't bring around a cloud to rain in my parade!"

-Funny Girl, OST-

La Muerte es reina y señora -¿o será rey y señor?- de los miedos del ser humano, cualquiera puede caer muerto sin importar edad y así, sin previo aviso. Cerca de la Muerte rige la vejez, que es molestia y dolor porque le pega al humano en donde más le duele, la vanidad -y, afortunadamente nadie envejece de un segundo al otro-. Últimamente es común escuchar a más discapacitados cognitivos decir "quiero morir joven", en teoría porque no quieren sufrir los estragos de la vejez, pero, o sea... No nos hagamos tontos, lo que no quieren es vivir un juicio y un trato como el que ellos mismos le han prodigado a los ancianos, propios y ajenos.

La lucha entre jóvenes y viejos es mítica y natural; ahí tienen a los más famosos Urano, Cronos y Zeus (este último hijo del segundo y nieto del primero) claros ejemplos de problemas generacionales; el padre, temeroso de envejecer, limita al hijo, este se encabrona, lo vence, le demuestra que es más fuerte y chingón, pero llega el momento de tener hijos y se va haciendo viejo y... va de nuez. Claro que no es sólo un problema de ego masculino, son famosas las brujas y diosas y reinas y madrastras y mejores amigas celosas de la belleza de las jóvenes; el caso de Erzsebet Bathory, la legendaria Condesa Sangrienta, supone que la mujer, temerosa de envejecer se bañó en la sangre de 630 doncellas (obvio no de un jalón, pero tampoco aclaran que se haya bañado diario y, con tan poca visión que jamás se le ocurrió vender moronga).

Como en todo, el hombre y la mujer envejecen de diferente forma, el hombre se derrota, la mujer se endiosa; el hombre pierde fuerza, se vuelve necio y deja de sentirse útil; la mujer, al contrario, gana poder, simpatía, conocimiento y no pierde la capacidad de ser útil, por lo menos como procuradora de amor. Al menos esa es la visión romántica de la vejez o lo que se espera que pase cuando llega, la verdad es que el hombre viejo es un invento moderno, ya que el hombre nunca tuvo grandes esperanzas de vida; en cambio, la mujer vive más y es la mejor amiga de la vejez (aunque la niegue y se le esconda), uno las ve dulces y encantadoras y se muere de ternura, no importa quién o qué sea la viejecita de la esquina, vayan ustedes a saber la clase de perra que fue de joven, capaz que hasta vidas debe y uno la mira como la abuelita del chocolate y al pobre viejo por más dulce que sea, lo mira uno con desconfianza, como un viejo raro. Dulce ironía de la vida.

Durante milenios envejecer era cosa de viejas, ya que la mayoría de hombres no llegaban a edades importantes, pues era de esperarse que no sobrevivieran a la juventud, al trabajo, a las guerras, a la esposa, a los hijos y, especialmente, a las amantes celosas. Mientras, la mujer aprendió a vivir la soledad, a ser propia de sí, a verse menguar y perder firmeza, pero en un franco trueque ganaba confianza, valor, ánimo de lucha, pocas mujeres se habrían entregado a la muerte sin oponer resistencia (la descendencia es un ancla fuerte a lo terreno y el lazo entre madres e hijos es muy distinto al de los padres).

Con el pasar de los siglos, la vejez empezó a nivelarse, cada vez morían menos hombres jóvenes y empezaron a envejecer al lado de sus mujeres, para desgracia de ellas que fueron perdiendo la intimidad, tranquilidad y el poder que la vejez les otorgaba, finalmente el hombre tiene milenios de retraso en el saber envejecer y le cuesta mucho trabajo (y de por sí somos chillones) y, le guste o no depende mucho del apoyo de los demás para sobrellevarla. Por más respeto o admiración que se le prodigue, el ser humano no parecía estar diseñado para aguantar mucha edad.

Aun principios del Siglo XX el humano viejo aun contaba con un respeto y reconocimiento social tácito, no había que organizarles un día mundial, por primera vez en la historia de la humanidad la espectativa de vida comenzaba a superar, por mucho, lo que había sido hasta ese entonces, la medicina y las leyes laborales permitían, poco a poco (aplican restricciones), a los hombres y mujeres tener una vida menos azarosa en la vejez. Pero duraría poco el gusto, gracias a los avances en comunicación el mundo estaba por transformarse, la sabiduría (real o ficticia) de los viejos dejaría de existir en poco tiempo y el respeto y admiración se iría a perseguir otros sueños.

El desarrollo de la industria cinematográfica, televisiva, de la publicidad, la música y la moda han explotado la imagen de la juventud y la belleza a un grado que podría asquear a la mismísima Afrodita; generando personas que al mirar a los viejos piensan que es mejor morir que enfrentar al mundo sin la seguridad que puede otorgar la belleza, genética y postiza; hoy, más que nunca, envejecer es anatema, es dolor, es tragedia y desgracia; no un miedo a dejar de ser útil, como antaño (de verdad ya hay pocas labores útiles) sino a dejar de ser fuerte, hermoso y sexual.

Estamos en el parteaguas de una nueva visión, forma de entender y vivir la vejez, aunque la publicidad, la cosmética siga pretendiendo asustar y los médicos inviten a destrozar los rostros y quedar como clones malhechos de celebridades (mejor una cara vieja y honesta como Silvia Derbez o Carmen Montejo que una de alienígena como María Félix), pronto el mundo se llenará de viejos que han decidido vivir solos (y no en soledad) que van rompiendo con la idea de la vejez frágil y abandonada de antes, muy pontealpedo, sin esperar órdenes ni permisos, ¡seremos Legión! Oh sí, bellos y bellas, más temprano que tarde, nosotros seremos esos viejos, no importa cuanto bótox, cirugías, yoga, comida saludable, medicamentos, cremas, pactos con el diablo, mentadas de madre o leche de burro, digo, de burra se unten, tomen, inyecten o lo qué sea, Saturno, el padre del tiempo humano, no nos dejará escapar de sus arrugadas garritas.

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