Gotitas de limón

Hoy fue un día de "esos", donde los recuerdos se agolparon sobre mí y lentamente nublaron el horizonte, anunciando una tormenta que parecía no llegaría nunca. Las memorias, cargadas de electricidad y humedad, se arremolinan y amenazan con soltar su furia, qué la podía desencadenar? Una canción, una palabra, un sabor, un color, una foto...

Es cierto, nunca sabré con certeza, fue la foto del perro qué teníamos cuando niños? Aquella paleta de mango? El áspero o suave sonido de una palabra que no escuchaba en años? El tono exacto de un color largamente olvidado? O fue el simple estribillo de una canción que me ensordeció en un vagón del Metro?

El chiste de esto es que, sin darme cuenta, de mi cerebro escapaban las memorias y comenzaron a condensarse lentamente durante el día -y seamos francos, con un calor endemoniado como el de los últimos días, no es extraño que suceda y más cuando uno está encerrado en un cuartito de dos por dos-, todos pudieron ver la capa grisácea y vaporosa que me envolvía y fueron pocos, los que me conocen, quienes pudieron correr a resguardo temerosos de una de mis famosas tormentas.

Pero esta vez la lluvia fue ligera, a pesar de la furia anunciada, con un pequeño giro, eso si, no fue la típica descarga de recuerdos húmedos que de tanto golpearme la piel la empapan con reproches de los caminos no tomados. No, esta vez fueron gotas de limón, ácidas y pegajosas que se adhirieron a mi piel, cargadas de escozor y molestia. No eran reproches, eran verdaderas quejas, así, francas y abiertas de los caminos no tomados, de los que tomé a pesar de las advertencias y de todos esos momentos en los que la indecisión no me dejó actuar... Ah! Cómo maldije! Cómo me dejé llevar por el momento y vi en mi reflejo los estragos de la lluvia ácida que me estaba desbaratando.

Gotas de limón, a granel, a chorros, lentas, desgarradoras, tan vivas y tan juguetonas que apenas pude creer que me estaban dañando tanto. Con la boca llena de sabor cítrico y los ojos nublados en agua salada, tomé la decisión de detener este martirio.

Pero en un día como este, quién carga un paraguas?

No tuve más opción que escaparme de mis propios recuerdos, buscando refugio, no en el olvido, si no en la acción cotidiana. Fue una suerte el encontrar resguardo en una reunión de cumpleaños, en donde pude recuperar el aliento y dejar que palabras nuevas me secaran, que la frescura de los nuevos olores y sabores disiparan las nubes tormentosas y con la ayuda de la suave brisa de canciones nunca antes escuchadas terminaran de llover esas crueles gotitas de limón.

Ahora es de noche y aun no sale el sol, pero se que esas nubes ya no están en mi horizonte. Vendrán nuevas nubes y posiblemente otras tormentas, de sabor naranja o de dulce mandarina, pero ya se como guarecerme si es que no cuento con un paraguas a la mano.

Me voy a la cama tranquilo.

Comentarios

La Franko dijo…
Capitán, habrá que sacudirse las gotas que pesan. Pueden aparecer por ratos, deslizarse por el cuerpo y generar una pesadez ingrata... peroooooooooooooooooooooooooooooooooo la orden es sacudirlas a tiempo. Ayer yo me sentía con mil de esas gotas pesadas en la espalda. Me las sacudí y me fuí al cine.

Te quiero.
Ese es el Capitán, frío, depresivo y con razonamientos congelantes.
Me gusta la forma en que usas las palabras, me recuerdas a Ivan Lombardo, usaba un lenguaje ajeno a lo cotidiano pero que refrescaba.

Suerte y mejor tiempo hermano.
Te sirvo en lo que gustes.

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